martes, 29 de noviembre de 2016

ADVIENTO


«Señales son del Juicio...»

¿Qué es este desvariar sino un barrunto
del Juicio preterido y de su adviento?
¿Qué tanto reconcomio? ¿El elemento
en que arden Malo y reos todo junto?

Este acrecido y sí ruinoso asunto
de voces sin palabra y sin acento,
¿qué anuncia sino el trágico momento
en que caerá aquel lazo en el conjunto?

El hombre que no sabe y sólo siente,
cuyo derecho sigue a su talante
y cuya volición es su regente,

desdeñará adorar al Dios infante
que en el misterio augusto de Belén, te-
rrena humillación vuelve radiante

y, a cambio, con los ojos de su mente
y sus sentidos todos, y el semblante
más pávido que nunca y más doliente,

reclamará cobijo a mar y monte
ante la tempestad, que no relente,
del Juez invicto como el horizonte

que viene a interpelar a toda gente.


Fray Benjamín de la Segunda Venida

lunes, 21 de noviembre de 2016

FRANCISCO, MAESTRO DE LA SOSPECHA

Fue Paul Ricœur quien acuñó la inmejorable expresión «maestros de la sospecha» para que reuniera en un mismo haz a Marx, Nietzsche y Freud, los tres grandes objetores no de conciencia sino de la conciencia, esto es: de todo cuanto es afirmado por el hombre allende su atorbellinado sustrato animal y sus proyecciones. No fueron éstos, sin dudas, los primeros teutones en difundir aquella peste que encuentra su asiento propicio entre las neblinas hiperbóreas, pero fueron el coronamiento del idealismo (vale decir: del autismo), los amasadores del más cínico alegato contra la adecuación del intelecto con la cosa, columbrando siempre un motivo inconfesable detrás de todo acto de asentimiento intelectual y de expresión del mismo apertis verbis. Con ellos (y con sus  divulgadores, siempre intelectualmente modestísimos) se ha ido mucho más allá del escepticismo: se ha difamado el raciocinio, haciendo del hombre y sus empresas histórico-culturales un caso indescifrable, el eslabón que enlaza a la zoología con el nonsense.

Ya se sabe: Marx, bochado en metafísica, pretendió que la materia determinaba a la forma y, por consecuencia inevitable -nos resistimos a decir que «lógica»-, hizo de la religión una "superestructura" que escondía la única monista realidad de la dominación de clase; Nietzsche, que del cristianismo sólo conoció su perversión protestante, hizo de la moral evangélica -pese a sus sobrehumanas exigencias- un pretexto de inferiores resentidos para imponerse; Freud, para quien del ombligo para arriba no residía pensamiento alguno, creyó interpretar a la religión en clave de "represión" de la libido o de "sublimación" de lo venéreo. Este expediente calumnioso y soez, en cualquiera de sus variantes -o, a menudo, en todas juntas-, vino a salpimentar la embestida política de la Ciudad del Hombre contra el cristianismo, surtiendo un oprobio fácil contra todo testimonio de moral cristiana: había libreto y ángulo para elegir por dónde atacar, y un puñado repetitivo de objetos verbales arrojadizos según los gustos. Así, hoy día, uno de los más frecuentes y maliciosos barruntos que se suele blandir es el de la presunta "homosexualidad reprimida" de quienquiera rechace explícitamente la sodomía, disolviendo toda apelación a la norma -al nomos- en la ubicuidad absoluta de su contrario. Piensa el ladrón que todos son de su condición: la rarefacta mentalidad moderna no tolera el imperio de la naturaleza sobre los accidentes, no admite el anclaje de lo mudable en la realidad inconmovible que le sirve de asiento y aun de parámetro. Es el caos como estilo, como oriente y como hábitat; es la divagación ininterrumpida de la mente por la superficie untuosa de las cosas -y, al modo de las cucarachas, casi siempre de las más viles.

Si este fácil expediente para deslegitimar toda certeza resulta tan reciente como la tríada aludida más arriba (cien o cientocincuenta años de contagioso desarrollo, muy a lo más: ni siquiera Voltaire se había animado a tanto), lo que constituye seguramente una novedad es que el capcioso recurso pase a ser operado por un pontífice, y en el exacto mismo sentido con el que lo emplea el enemigo: como un argumento contra la fe. No es la primera vez que Bergoglio, el escrutador de las conciencias, descubre algo turbio detrás de la adhesión personal a una doctrina invariable o a una práctica cultual que se pretende perimida. Recientemente, a propósito de la asistencia de jóvenes a la Misa de siempre, destiló que
trato siempre de entender qué hay detrás de estas personas que son demasiado jóvenes como para haber experimentado la liturgia preconciliar y sin embargo aún la desean [...] A menudo me he encontrado ante una persona muy rigurosa, con una actitud de rigidez, y me pregunté: ¿por qué tanta rigidez? Escarba, escarba, esta rigidez esconde siempre algo, inseguridad o incluso algo más... (fuente aquí. Los subrayados son nuestros.)
Pocos días después, abundó en el mismo desatino con la periodista de Avvenire que quiso sonsacarle el baldón para quienes lo acusan de malbaratar la doctrina y "protestantizar" a la Iglesia:
No me quita el sueño. Yo sigo el camino de quien me precedió, sigo el Concilio. Cuanto a las opiniones, es menester distinguir siempre el espíritu con el que éstas se vierten. Cuando no hay mal espíritu, ayudan a caminar. Otras veces se ve pronto que las críticas [...] no son honestas, están hechas con mal espíritu para fomentar división. Se ve pronto que ciertos rigorismos nacen de una falencia, del querer esconder bajo una armadura la propia triste insatisfacción.
El psicoanálisis de magacín, de suplemento dominical, toda esa brujería de divulgación que de las universidades infestadas declina a la televisión y de éste al almacén, pudo asegurarse el más inopinado de los triunfos: la cátedra de Pedro está ahora al servicio de ese submundo polimorfo y líquido que puja por suplantar definitivamente a la diafanidad de la verdad, y el sumo pontífice resulta apenas un chamán que, airado contra el misterio de la Encarnación y sus implicaciones, manda todas las lealtades humanas al magma de las vergüenzas no declaradas y evoca el infierno inmanente del psiquismo inferior para conjurar las definiciones dogmáticas, esas patrañas.

La verdad es que hubiera sido preferible que las rabietas de Francisco se desbordaran en un alud de puteadas y maldiciones, que no de esta manera sibilina a la par que ulcerosa: la dignidad del cargo, ya suficientemente hollada, no se habría visto más agraviada por ello. El título de «maestro de la sospecha», pues, le cabe a Bergoglio sin atenuantes. Pero a veces, por su simpatía notoria por el caos, nos parece más oportuno suponerlo la pesadilla encarnada de algún hebreo cabalista de hace seis o siete siglos, la prole errabunda a través de los siglos de un Abulafia o cualesquier falso mesías amamantado por la Sinagoga siempre hostil contra la Iglesia, la criatura más disforme que podía irrumpir del delirium tremens de un numerario de la Alta Vendita después de una tenebrosa noche de exceso báquico...

Magnum Chaos, taracea del coro de la basílica 
de Santa María la Mayor, por Capoferri y Lotto (s. XVI)

martes, 15 de noviembre de 2016

MÁS SOBRE TRUMP

Con esmerado acento en la demencia senil que parece aquejar a la modernidad (si es que ésta no nació vetusta, como en aquel Relato de las edades del mundo de Hesíodo, donde se habla de unas postrimerías en que los niños nacerían con las sienes cubiertas de canas), el triunfo de Trump sigue concitando una marea de inconsecuencias a cuál más clamorosa. Los mismos que en el último tramo de la campaña electoral le reprochaban a éste el que no se manifestara dispuesto a reconocer una eventual derrota -de presumirse fraude en tal caso-, ahora vocean «not my president» sin advertir la incoherencia en la que incurren. No faltó, en un mundo que se jacta de negar la existencia del demonio para ponerlo en la jefatura del Tercer Reich, la grotesca caricaturización de Trump con el bigote de Hitler, y los pluralistas más acérrimos andan echando espumarajos de rabia por el ascenso de la "derecha".

Tal como ocurrió en Inglaterra con el Brexit, votado por pescadores y productores rurales, es un hecho que Trump fue el preferido de una devastada clase productora, de aquellos que aún se ganan el pan con el anacrónico recurso del sudor. Podría decirse -con ulterior y vibrante paradoja para la mitología política en vigor- que el candidato de derechas fue el más ampliamente respaldado por la clase obrera.  

Entonces habría que destapar un subsiguiente equívoco: aquel lumpenproletariat denostado oportunamente por Marx como "carente de conciencia de clase", rejuntado -al decir de aquél- de entre todos aquellos «vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos -en una palabra, toda esa masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème» y que hicieron causa común con Luis Bonaparte en los sucesos parisinos de diciembre de 1851 «a costa de la nación trabajadora», ese lumpen-proletariado que es el subproducto más vil de la Revolución es el mismo que en nuestros días deglute con el embudo toda la verborrea ecologista-feminista-igualitaria que le destilan los medios para luego apoyar en masa a la candidata del establishment, la misma que, a fuer de secretaria de Estado, comandó desde el escritorio la invasión de Libia por el petróleo y promovió en contante y sonante las sucesivas revueltas conocidas como «primaveras árabes», de oleoso beneficio para la plutocracia orbital.

El paladar no los engaña a estos zánganos teledirigidos: ellos, absueltos de las exigencias del sentido común, están para ser tropas de choque de los usureros. Como con acierto señala Agostino Nobile, los alientan, en su infatuado afán, aquellos que «emotivamente concentrados en sí mismos, egocéntricos a la máxima potencia, en la mayoría de los casos no se percatan de los efectos devastadores que sus productos, palabras y comportamientos pueden engendrar en el público», aquellas estrellas del cine y del rock que «están dispuestos a todo con tal de alcanzar éxito y de mantenerlo: viven, comen, caminan y duermen sólo para este fin» y que, junto con la otra categoría aun más peligrosa de los periodistas, «que venden montañas de mentiras con el único fin de alterar el juicio de los electores», son quienes «sostuvieron hasta el final la campaña de Hillary Clinton, una mujer que había prometido legalizar el aborto hasta el noveno mes y perseguir legalmente a las diócesis que se opusieran al "matrimonio" homosexual», entre otras lindezas. Así, el triunfo inopinado de Trump asestó un golpe de realidad a tantos integrantes de la generación llamada snowflake («cristal de nieve», por lo suave y frágil). Las Universidades que los prohíjan ya andan ofreciendo espacios seguros e incontaminados por el germen xenófobo y machista de Trump, asistiendo al alumnado con terapias post-trauma consistentes en bebidas templadas y alimentos soft y dándoles a calmar el insoportable stress «pintando, aplicándose a programas creativos, dialogando y reflexionando». Entre otras, la Illinois State University «recuerda a sus estudiantes que el instituto dispone de un servicio de asistencia psicológica "donde el consultor puede ayudar a verbalizar vuestros sentimientos, transformar vuestra angustia en acción y auto-consolaros". Entre las técnicas de auto-consolación (self-soothing) se indican: succionar un caramelo duro, mirar las nubes o tomar un baño caliente» (fuente aquí).

El retrato del adicto al clan Clinton resulta, así, patente, como también las íntimas contradicciones que taran todo el organismo psíquico y conceptual de esta viscosa generación progre destinada a la autodestrucción. Recuérdese el ruido que hizo una reciente novela de Houellebecq, quien preveía para una Francia próxima en pocos años un voto masivo de las izquierdas al candidato musulmán contra Marine Le Pen, y la consiguiente islamización de la nación gala, con la sharia aplicada en todo su rigor y abolidas por lo mismo las veleidades libertarias. Queda claro que, consumado el connubio entre la Escuela de Frankfurt y la alta finanza, todo resto de humanidad impermeable a la ideologización compulsiva debía quedar arrinconado por la tiranía de lo «políticamente correcto»; en el caso norteamericano, la novedad inaudita en este ostinato de propaganda liberal-democrática ha sido la epifanía insospechada del hombre acorralado por no comer vidrio -y esto debe decirse cumpla o no Trump con sus promesas, merezca o no merezca algún crédito.


«No juzgo sus políticas, pero quiero entender el sufrimiento que puede causar a los pobres y excluidos», se apresuró a aclarar Francisco respecto del sorpresivo ganador de los comicios. De Bergoglio no podía esperarse más, siendo acaso el único del frente mundial progre que no entró en contradicción flagrante, siquier consigo mismo (con la doctrina católica ya lo hizo hasta la náusea). Era de entender que quien considera superfluo denunciar el crimen del aborto se desentienda de censurar a Hillary Clinton, y quien presiona con el ascendiente de su potestad a los gobiernos europeos para que abran las fronteras a la migración masiva financiada por Soros se preocupe, después del triunfo de Trump, por «la situación de los refugiados y los inmigrantes», cuyos «sufrimiento y angustia» es a menudo «causado por personas pobres que tienen miedo de perder su trabajo o ver reducidos sus salarios» -vale decir, por los votantes del odioso de Trump, que no por las políticas devastadoras del saliente Obama. 

martes, 8 de noviembre de 2016

OTRO REVÉS ELECTORAL PARA FRANCISCO

Uno que podría vestir el manto y la muceta
que Bergoglio rechaza por humildad
No somos nadie para presagiar cómo serán las cosas bajo Trump, pero nos place ver vindicada la justicia más elemental al paso que el progre-clericalismo de Bergoglio experimenta su enésimo traspié, el de resonancias las más orbitales. Un papocesarismo redivivo en tan impropia hora, y en figura tan anodina, merecía ser desmentido en todas sus insolentes injerencias por aquel que el propio pontífice llamó, con rusoniano ditirambo, «el soberano» -supuesto el caso de que perviva ese sujeto colectivo que por inercia aún llamamos "pueblo" en este hacinamiento de átomos humanos. Se recordará que Bergoglio, fiel a su estratagema de zaherir sin nombrar, se había entreverado meses atrás en la puja electoral estadounidense fustigando a quienes -como Trump- proponen construir muros, que no puentes, y aquel que retiñe el consabido estribillo del "no juzgar" no dudó en descalificar como "no cristiano" al candidato que se oponía sin complejos a la invasión migratoria patrocinada por las élites financieras.

Mejor trato recibió de Francisco la candidata derrotada, maguer ésta se declarara a favor del aborto y la ideología de género, a más de amenazar con intervenir a "las religiones" para des-dogmatizarlas y a pesar de que recientemente se ventilara, con ocasión del llamado Wikileaks, la participación de su jefe de campaña en repugnantes happenings regados con efluvios humanos (sangre, esperma, leche materna), no menos que las incursiones de Hilaria con Bill su consorte en el escabroso mundo de la pedofilia a bordo de jets privados. Todo esto sin contar las decenas de muertes accidentales de allegados que sabían más de lo conveniente, y las evidencias bastante avanzadas de la práctica del satanismo. Diríase un menú que, revirtiendo sobre la figura de un complaciente Francisco, exhibe en éste -a falta del carisma de infalibilidad, que los papas "pastoralistas" del Vaticano II no han querido comprometer- la indefectibilidad de sus preferencias personales, siempre adscritas a lo peor de la marea gnóstica que está llevando al mundo a la irremontable locura y al suicidio.

De este hombre que gusta de hablar con su rostro, podemos imaginar aquel que compondrá, con arte y primor inigualables, con ocasión de la foto con el flamante presidente norteamericano cuando éste lo visite, apenas traspuestas las murallas vaticanas.


miércoles, 2 de noviembre de 2016

«EL PROSELITISMO ES PECADO»

(LA ÚLTIMA MENTIRA DE BERGOGLIO)
por Alejandro Sosa Laprida
(accesible en formato PDF aquí)


« Y acercándose, Jesús les habló, diciendo: ‘‘Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’’. »
(Mt. 28, 18-20)

Francisco junto a una estatua de Lutero en el Vaticano

VATICANO, 28 Oct. 16 / 02:10 pm (ACI).- El pasado 24 de septiembre el Papa Francisco concedió una entrevista al director de la revista jesuita sueca Signum, P. Ulf Jonsson, que ha sido publicada hoy en la revista jesuita La Civiltà Cattolica.

https://www.aciprensa.com/noticias/texto-entrevista-del-papa-francisco-con-la-civilta-cattolica-antes-del-viaje-a-suecia-84744/

« Lutero ha dado un gran paso para poner la Palabra de Dios en las manos del pueblo. Reforma y Escritura son las dos cosas fundamentales que en las que podemos profundizar mirando la tradición luterana. »

Es decir que, según Francisco, antes de Lutero, la Iglesia no enseñaba a los fieles la Palabra de Dios. Es más, Francisco avala implícitamente la acusación luterana según la cual la Iglesia habría constituído un obstáculo para que los creyentes conociesen la historia sagrada y pudiesen instruirse en las verdades reveladas. Y las palabras de Francisco implican también que Lutero y los protestantes son legítimos intérpretes de la Palabra de Dios, aunque hayan sido excomulgados, la interpreten en un sentido distinto del católico y a pesar de que todas las tesis luteranas hayan sido condenadas por el Concilio de Trento, es decir, por el magisterio infalible de la Iglesia. Pretender que se pueda « profundizar » la comprensión de la Sagrada Escritura gracias a la hermenéutica luterana y que la Iglesia pueda « reformarse » inspirándose en el cisma protestante es un delirio de proporciones inauditas. Cualquier sacerdote u obispo que hubiese tan siquiera sugerido semejantes dislates con antelación a Vaticano II hubiese sido considerado ipso facto sospechoso de herejía y suspendido inmediatamente en su ministerio…

« Hay una cuestión que debemos tener muy clara en este caso: hacer proselitismo en el ámbito eclesial es pecado. Benedicto XVI nos dijo que la Iglesia no crece por el proselitismo, sino por la atracción. El proselitismo[1] es una actitud pecaminosa. Sería como transformar a Cristo en una organización. Hablar, rezar, trabajar juntos: ése es el camino correcto por el que debemos avanzar. »

Francisco nos está diciendo que intentar explicar a un protestante que la Iglesia católica es la única Iglesia verdadera, fundada por Nuestro Señor Jesucristo, y a la cual debería convertirse para vivir su cristianismo de manera plena y verdadera, no está bien, no es una obra de misericordia espiritual, sino que es algo moralmente condenable. Resulta pues que procurar hacer regresar al redil a las ovejas extraviadas es considerado como una falta y un motivo de escándalo por aquel que no vacila en afirmar que Lutero no se equivocó en relación a la doctrina de la justificación[2] y que su aporte espiritual al cristianismo es digno de encomio…

Se trata de una afirmación tan grotesca y tan contraria a la enseñanza del magisterio de a Iglesia (anterior a Vaticano II, huelga decir), que tamaño disparate no requiere ningún tipo de refutación. Quien la necesitara sería, o bien en razón de una ignorancia supina, remediable fácilmente leyendo cualquier catecismo anterior a Vaticano II, o bien a causa de una mala fe notoria y de un enceguecimiento voluntario…

Que no se produzca una reacción pública e inmediata de cientos de sacerdotes y de obispos en el mundo entero ante declaraciones tan agraviantes para la fe católica es algo que resulta sencillamente aterrador, signo inequívoco de que nos hallamos de lleno en el período escatológico conocido como la « gran apostasía » anunciada por Nuestro Señor y por San Pablo. Cabe añadir que dicha apostasía universal de la fe católica es uno de los principales signos escriturísticos anunciadores del advenimiento del Hombre de Pecado, de quien no puede excluirse la posibilidad de que Francisco sea el Precursor y el Falso Profeta, cuya misión consistirá precisamente en allanarle el camino…


Las religiones pueden ser una bendición, pero también una maldición. Los medios de comunicación a menudo comunican noticias de conflictos entre grupos religiosos en el mundo. Algunos afirman que el mundo sería más pacífico si las religiones no existieran. ¿Qué responde a esta crítica?

« ¡Las idolatrías que están en la base de una religión, no la religión! Hay idolatrías que están unidas a las religiones: la idolatría del dinero, de las enemistades, del espacio superior al tiempo, la codicia de la territorialidad del espacio. Existe una idolatría de la conquista del espacio, del dominio, que ataca las religiones como un virus maligno. La idolatría es una falsa religión, es una religiosidad equivocada. Yo la llamo “una trascendencia inmanente”, es decir, una contradicción. Sin embargo, las religiones verdaderas son el desarrollo de la capacidad que tiene el hombre de trascenderse hacia lo absoluto. El fenómeno religioso es trascendente y tiene que ver con la verdad, la belleza, la bondad y la unidad. Si no hay esta apertura no hay trascendencia, no hay verdadera religión, hay idolatría. La apertura a la trascendencia entonces no puede de ninguna manera ser causa de terrorismo, porque esta apertura está siempre unida a la búsqueda de la verdad, de la belleza, de la bondad y de la unidad. »

Estas palabras demuestran que Francisco no sólo no es católico: él no es ni siquiera cristiano. Hablar de « religiones verdaderas » es una aseveración tan grotesca que no precisa comentario alguno. Es algo tan contrario a lo que la Iglesia a enseñado siempre, tan opuesto incluso al más elemental sentido común, que se hace difícil concebir que semejante falsedad pueda sostenerse públicamente sin provocar ninguna reacción en la abrumadora mayoría de los católicos. No poder identificar ni comprender esta anomalía teológica flagrante en el discurso bergogliano, que debería ser evidente y manifiesta para cualquier cristiano medianamente instruído, es un signo inequívoco de una profunda y preocupante enfermedad del espíritu…

Cabe añadir que, como buen modernista (es decir, como buen gnóstico), para Francisco Dios, la revelación divina, la gracia sobrenatural, la Iglesia, etc., no son realidades externas al hombre, que le son presentadas y a las que debe adherir en vistas a alcanzar la salvación. La « trascendencia », entendida como potencialidad sobrenatural salvífica, es una cualidad inherente a la persona, la cual debe desarrollar la capacidad que tiene de « trascenderse hacia lo absoluto ». Esto es inmanentismo y gnosticismo puro, en la línea de su maestro panteísta, el jesuita evolucionista apóstata Pierre Teilhard de Chardin. Por último, al decir que « hay idolatrías que están unidas a las religiones », Francisco da por sentado que, en sí mismas, no existen las « religiones idolátricas », el aspecto « idolátrico » » sería un mero añadido exterior y accidental, del cual pueden y deben purificarse. Así pues, no se puede decir, por ejemplo, que el hinduísmo, el jainismo o el budismo sean cultos idolátricos, ni sus partidarios idólatras, en la medida en que dichos « cultos » permiten al hombre desarrollar su capacidad de « trascenderse hacia lo absoluto »…

Es por ello que siempre insisto en el mismo punto al analizar los discursos bergoglianos: nos encontramos ante un universo mental completamente extranjero al cristianismo y a la revelación bíblica, aunque engañosamente disimulado bajo un lenguaje cristiano, tenemos que vérnoslas con el universo de la gnosis panteísta y evolucionista, en su variante teilhardiana, la cual ha logrado tomar las riendas del Vaticano desde el CVII y, dando la impresión de continuar el catolicismo, no persigue otro objetivo que el de realizar la unión de todas las religiones, superando las « diferencias dogmáticas » que « dividen », ya que todo ser humano sería una « chispa » de la divinidad, y la redención consistiría en la toma de conciencia de ese hecho capital, para el cual las « religiones » serían instrumentos más o menos adecuados, en tanto y en cuanto ayudan al hombre a « trascenderse hacia lo absoluto ».

Las divergencias teológicas deben por consiguiente relativizarse, quedar en segundo plano, ya que no son sino expresiones subjetivas y relativas de la « experiencia religiosa » de los « creyentes ». Esto es, huelga aclararlo, modernismo en estado puro, basta con releer la encíclica Pascendi de San Pío X para convencerse de ello, en donde se define el modernismo como la « síntesis de todas las herejías ». Pues bien, la Iglesia, desde JXXIII en adelante, está gobernada por modernistas, cuyo hilo conductor es el « ecumenismo » y el « diálogo interreligioso », y sus más emblemáticas expresiones, las cinco reuniones « multireligiosas » celebradas en Asís por iniciativa de los « papas » JPII, BXVI y del mismo Francisco, en septiembre pasado. Entiendo que ésta es una constatación muy difícil de asumir, pero me parece que seguir negando el problema no es una alternativa razonable…


« Es verdad que las Iglesias jóvenes[3] tienen un espíritu más fresco y, por otro lado, hay Iglesias envejecidas, Iglesias un poco adormecidas, que parecen estar interesadas solamente en conservar su espacio. En estos casos no digo que falte el espíritu: existe, sí, pero está cerrado en una estructura, en un modo rígido, temeroso de perder espacio. En las Iglesias de algunos países se ve que falta frescura. En este sentido la frescura de las periferias da más lugar al espíritu. Se necesita evitar los efectos de un mal envejecimiento de las Iglesias. »

Francisco parecería ignorar que en la tierra no hay más que una sola Iglesia de Cristo, por El fundada hace casi dos milenios, la Iglesia católica, la cual, a su entender, formaría parte de las « Iglesias envejecidas », mientras que las diversas sectas nacidas de la « reforma » protestante serían las « Iglesias jóvenes », menos rígidas, menos apegadas a estructuras de poder, más maleables y dóciles al « espíritu »…

En su visita a Suecia llegará a uno de los países más secularizados del mundo. Una buena parte de su población no cree en Dios, y la religión juega un papel muy modesto en la vida pública y en la sociedad. Según usted, ¿qué se pierde una persona que no cree en Dios?
« No se trata de perderse algo. Se trata de no desarrollar adecuadamente la capacidad de trascendencia. El camino de la trascendencia da lugar a Dios, y en esto los pequeños pasos son muy importantes, incluso para los agnósticos o los ateos. Para mí, el problema surge cuando uno está cerrado y considera que su vida es perfecta en él mismo, y por lo tanto permanece encerrado en sí mismo sin la necesidad de una trascendencia radical. »

No abundaremos en mayores comentarios al respecto, pues está dicho que para un modernista la religiosidad surge de la propia subjetividad del individuo que toma conciencia de su « trascendencia radical » y luego desarrolla por sí mismo su capacidad de « trascenderse hacia lo absoluto ». Lo que el ateo se « pierde », según Francisco, no es algo que le sea « extrínseco » (la revelación divina, la gracia sobrenatural, etc.), sino la posibilidad de realizar por sí mismo el desarrollo de su « trascendencia radical », la toma de conciencia salvífica de que somos todos, por naturaleza (no por adopción, mediante la gracia de Dios y la fe en Jesucristo), « hijos de Dios »[4]. Y es por eso que el « proselitismo » es un obstáculo insalvable y « pecaminoso » en el camino del « ecumenismo » conciliar[5], pues es fuente de división « dogmática » allí donde lo único que cuenta es la unidad resultante de la común experiencia religiosa que conduce a todos los hombres hacia lo « absoluto », hacia la « trascendencia radical » que reside en lo más recóndito de su ser. De ahí la noción de salvación universal[6] que profesa el impostor argentino…


NOTAS:

[1] « El proselitismo es una solemne necedad, no tiene sentido. Es necesario conocerse, escucharse y hacer que el conocimiento del mundo que nos rodea crezca. A mí me pasa que después de un encuentro quiero tener otro porque nacen nuevas ideas y se descubre nuevas necesidades. Esto es importante, conocerse, escuchar, ampliar el marco de los pensamientos. […] Nuestro objetivo no es el proselitismo sino la escucha de las necesidades, de los deseos, de las desilusiones, de la desesperación, de la esperanza. Debemos devolver la esperanza a los jóvenes, ayudar a los viejos, abrirnos hacia el futuro, difundir el amor. Pobres entre los pobres. Debemos incluir a los excluidos y predicar la paz. » Entrevista con Eugenio Scalfari el 24 de septiembre de 2013, publicado el 1 de octubre en La Repubblica.
[2] https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2016/06/27/entrevista.html «Creo que las intenciones de Martín Lutero no eran equivocadas -respondió Francisco- era un reformador; puede que algunos métodos no fueran acertados, pero en aquel tiempo la Iglesia no era precisamente un modelo a seguir: había corrupción, mundanidad, apego al dinero y al poder. Y por eso protestó. Era inteligente y dio un paso hacia delante para justificar por qué lo hizo. Y hoy luteranos y católicos, protestantes y todos, estamos de acuerdo en la Doctrina de la Justificación: en este punto tan importante no se había equivocado. [Lutero] elaboró un medicamento para la Iglesia, que después se consolidó en un estado de cosas, en una disciplina, una forma de creer, una forma de hacer, una forma litúrgica. »
[3] « Las Iglesias jóvenes logran una síntesis de fe, cultura y vida en progreso diferente de la que logran las Iglesias más antiguas. Para mí, la relación entre las Iglesias de tradición más antigua y las más recientes se parece a la relación que existe entre jóvenes y ancianos en una sociedad: construyen el futuro, unos con su fuerza y los otros con su sabiduría. El riesgo está siempre presente, es obvio; las Iglesias más jóvenes corren peligro de sentirse autosuficientes, y las más antiguas el de querer imponer a los jóvenes sus modelos culturales. Pero el futuro se construye unidos. » Entrevista con el Padre Antonio Spadaro s.j. director de la Civiltà Cattolica el 19, 23 y 29 de agosto de 2013.
[4] « Como muchos de ustedes no pertenecen a la Iglesia católica y otros no son creyentes, de corazón doy esta bendición en silencio a cada uno de ustedes, respetando la conciencia de cada uno, pero sabiendo que cada uno de ustedes es hijo de Dios. » Bendición silenciosa dada a los periodistas presentes en la Sala Pablo VI del Vaticano, en la primer audiencia pontifical con los medios de prensa, el 16 de marzo de 2013.
[5] « Para las relaciones ecuménicas es importante una cosa: no sólo conocerse mejor, sino también reconocer lo que el Espíritu ha ido sembrando en los otros como don también para nosotros. » (…) - Intento captar cómo ve el Papa el futuro de la unidad de la Iglesia. Me responde: « Tenemos que caminar unidos en las diferencias: no existe otro camino para unirnos. El camino de Jesús es ése. » Entrevista con el Padre Antonio Spadaro s.j. director de la Civiltà Cattolica el 19, 23 y 29 de agosto de 2013.
[6] « Dios es luz que ilumina las tinieblas y que aunque no las disuelva hay una chispa de esa luz divina dentro de nosotros. En la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra especie termine, no terminará la luz de Dios que en ese punto invadirá todas las almas y será todo en todos […] El Señor a todos, a todos nos ha redimido con la sangre de Cristo: a todos, no solo a los católicos. ¡A todos! ‘‘Padre, ¿y los ateos?’’. A ellos también. ¡A todos! ¡Y esta sangre nos hace hijos de Dios de primera clase! ¡Hemos sido creados hijos a imagen de Dios y la sangre de Cristo nos ha redimido a todos! » Entrevista con Eugenio Scalfari el 24 de septiembre de 2013, publicado el 1 de octubre en La Repubblica.   
                                                    

lunes, 31 de octubre de 2016

LUTERO Y EL TERREMOTO

Aun sin dejar de ser por ello católicos, hay que ser muy snobs para echar un velo de distante escepticismo sobre la posible y misteriosa vinculación entre el notorio acto de apostasía ínsito en la presencia de Francisco en Lund para festejar a Lutero y el terremoto que, anticipándose en veinticuatro horas al viaje papal, demolió la basílica de Nursia y abrió grietas en algunos históricos templos romanos. Enrostrándoles razones a los descreídos, Maurizio Blondet señala que «hasta ayer, quien hubiese osado pronunciar una idea semejante habría sido linchado por los media, por los obispos y cardenales, por "Francisco"; esta hipótesis, que detrás de un terremoto u otra calamidad colectiva pudiese haber un significado, un mensaje de Dios a causa de algunos de nuestros comportamientos colectivos, se hallaba confinada en el rango de las supersticiones más oscurantistas e ignorantes; era simplemente algo que el hombre moderno y el cristiano iluminado (por el Concilio) no podía ni siquiera permitirse pensar.
Ahora se puede. Debemos agradecer a la alta personalidad que -digámoslo así- destrabó el espinoso nexo de causa y efecto, quitándolo del basurero de las supersticiones dignas de vergüenza para elevarlo a la luz de lo políticamente correcto: el señor Ayub Kara.
Tal es el eximio viceministro israelí para la Cooperación Regional [...] Como quizás sepáis (o quizás no), él mismo, en visita por Italia, quiso comunicar a las agencias lo que sigue: "estoy seguro de que el terremoto sobrevino a causa del voto italiano  a la UNESCO".
Era hora de que alguno lo dijese: el 18 de octubre, la UNESCO adoptó oficialmente una resolución sobre Jerusalén-Este (querida por los países árabes para la protección del patrimonio cultural palestino), en la cual los lugares santos de la Ciudad Vieja están indicados sólo con su nombre árabe, cosa que indignó a los israelitas. 26 naciones se abstuvieron de votar, entre las cuales Italia. Abstención, se observe, que no voto a favor de la posición palestina; pero basta con esto para suscitar la venganza cósmico-geológica de YHVH [...]
Ningún periódico, ningún canal de televisión, ninguna autoridad civil o religiosa osó sumergir al judío bajo acusaciones de supersticioso oscurantismo. Es más, el viceministro Kara recibió el consenso de la máxima autoridad religiosa en funciones. Quizás no haya sido aclarado, pero Kara estaba visitando a El Papa [así en el original] cuando divulgó esta su certeza íntima de que nosotros sufrimos los terremotos porque no votamos como ordena Ysrael: lo lindo es que Francisco le dio la razón. De hecho, le dijo a Kara con claridad: "Dios ha prometido la tierra a la gente de Israel". Él lo sabe con certeza, porque Dios no es católico. Y después de haber agradecido a Kara "por sus esfuerzos en favor de la Iglesia y los cristianos de Israel" (esfuerzos acerca de los cuales estaríamos contentos de conocer algo más), Bergoglio le dijo que él "desaprobaba fuertemente" la resolución de la UNESCO. Más aún: Kara fue más allá en su narrativa: "mientras escuchaba el discurso de El Papa, sintió que El Pontífice estaba enviando un mensaje directo a la UNESCO". En resumen: según él, "Francisco" increpó a la UNESCO por provocar la venganza sísmica con sus pronunciamientos anti-sionistas».

Mientras redactamos estas líneas seguían sucediéndose movimientos telúricos de importancia en el Apenino central, y al paso que Francisco firmaba la declaración conjunta católico-luterana en la que resalta la apelación al "recibir juntos la Eucaristía en una Mesa" (soslayando, por supuesto, todas aquellas cosas que nos dividen, como la teología sacrificial de la Santa Misa y la fe en la transubstanciación), los sismólogos siguen alertando sobre venideros estragos en la espina dorsal de Italia. Más de uno hizo notar, con justificado enojo, que cualquier jefe de Estado suspende sus compromisos internacionales cuando una devastación natural golpea a su Nación, y a Francisco se le reclamó concretamente que, si no es para aventar la sospecha de una conexión entre su ominoso periplo sueco y las fallas tectónicas de la península itálica, al menos deponga por piedad su programado mitín con tal o cual lésbica obispesa luterana para apersonarse ante las ruinas de la basílica que honraba al patrono del monacato occidental, hoy representativas de la Iglesia y su tragedia.

La grieta de la nave central de San Pablo Extramuros refleja a suficiencia la hendidura abierta por el hereje sajón en el cuerpo de la Cristiandad, separando de la Iglesia a un número considerable de almas y naciones y desatando, con su incuestionable "genio (contra)religioso", todas las pestes morales y espirituales que arreciaron progresivamente en los cinco siglos que le siguieron. Con razón anotaba el padre Casimiro Galiberti en su obra Lutero convicto (1744), reprochándole al grasiento prevaricador una de sus numerosas y groseras herejías, que «habiendo sido solamente dadas a Pedro las llaves de abrir y cerrar en la potestad de la confesión, tibi dabo claves Regni Caelorum, como muerto san Pedro [Lutero pretende que] no es ya más viva en nosotros la facultad de perdonar. Con esta herida de heretical perfidia, se persuade el presuntuoso Lutero de hacer un gran terremoto contra el edificio de la Iglesia romana». Terremoto que se prolonga hasta nuestros días con un remozado concepto de «misericordia» tan afín al extrinsecismo luterano de la gracia, como para hacer del don de Dios una mera capa de nuestras inmundicias.

Sí, ya podemos darlo por confirmado: hay una estrecha relación entre la traición judaizante y ecumenista de Bergoglio y los desastres naturales en espantoso vigor.


Eduard Schoen, Lutero como gaita del demonio, grabado, ca. 1535

martes, 25 de octubre de 2016

HABÉRNOSLA CON ESTO

Quizás no son los mismos exactos caracteres con que Nietzsche lo previera, pero debe decirse que el advenimiento del Übermensch ya se cumplió con creces. Nacido y multiplicado en las probetas de la ingeniería de conciencias, el hombre-átomo aparece en rigurosa coincidencia con el desarrollo de la física atómica -esto es, de la voluntad desaforada de dominio. Cabeza abajo todas las cosas, no será entonces novedad afirmar que hoy la ciencia es urgida y gobernada por la técnica, que el fin de la misma ya no estriba en la contemplación gozosa del misterio entrañado en los seres que ella escruta, sino en el reinicio de nuevas espasmódicas rebuscas -sin tino éstas y sin término. Aquella sabrosa paradoja del Estagirita que sintetiza el sentido de los desvelos del hombre sobre la tierra, «trabajamos para descansar» (aplicable, sin dudas, también a la vida intelectual, cuyo fin es la contemplación), se ve hoy desmentida por un «trabajamos para trabajar», sin el sentido informado por un término. O bien: el término es el mismo medio. Así, el finalismo ínsito en el operar humano, que pone en todas nuestras obras un carácter moral, se ve trocado por ese caminar sin pausa y sin rumbo que caracteriza a la existencia de una notable porción de nuestros contemporáneos. Abstraída toda finalidad, no hay descanso en el infierno larval de las voluntades ciegas y apiñadas.

Consta, sí, una límpida coherencia en el contexto de estas realidades tan turbias. La embriaguez de la posibilidad, de la potencialidad, de la potencia, se corresponde con el desprecio de toda actualización de la misma en obra; se exalta cuanto ofrezca razón de medio a despecho del fin, asociado éste (a instancias de un naturalismo nunca revisado) a la muerte sin más. Del mismo modo, el libre albedrío -que es mera condición, casi como si dijéramos un órgano- es festejado con euforia, con total olvido de «aquella libertad esclarecida / que en donde supo hallar honrada muerte / nunca quiso tener más larga vida», en versos de Quevedo que recuerdan la grandeza moral asociada al uso de la libertad para el bien. Este sombrío pathos hodierno le fue anticipado por san Pablo a Timoteo (II 3, 7) al referirse a los hombres de las postrimerías, que estarían «siempre aprendiendo y nunca alcanzando la ciencia». Siempre en la misma línea, se ha abonado hasta el cansancio la blasfema persuasión de que a la eternidad de los bienaventurados debe corresponderle un aburrimiento como de esplín burgués, para oponerle entonces la excitación lunática de los conciertos de rock, cifra y culmen del género de gloria que esperan muchos de nuestros contemporáneos.

Hablar de una «cosmovisión» moderna, dado este estado de cosas, resulta inexacto y pródigo de más. Cosmoceguera, más bien, en consonancia con esas vendas con que se han sellado voluntariamente las lámparas del cuerpo. La ceguera espiritual resulta la dote, el lote y el mote apropiables a tanta deserción tan consentida, el mal negocio de quienes empezaron por negar el ocio admirativo y continuaron braceando una existencia vuelta de espaldas al misterio. "Hay infinitas distracciones a las que abocarse", le musitó al oído el antiguo enemigo a esta raza que se encontró, a la vuelta de unas pocas generaciones, envuelta en un mar de artefactos que eran otras tantas cadenas. Con irónica añadidura de ademanes libertarios y bilioso escarnio del principio de autoridad, como en aquellas exponentes del porno-marxismo que, sustituido el sujeto «proletariado» por el más numeroso y manipulable de «mujeres», salen a reclamar sus falaces derechos imitando a la pelandusca despechugada que pintó Delacroix como alegoría de la "libertad" revolucionaria, cerrando con sus indecorosas fachas el círculo pictórico abierto por la Revolución. [Una órbita más amplia, más que pictórica, se cerraría con la esperada inscripción de san Lutero en el catálogo de los santos (que, al mismo precio, podría incluir a algunos predecesores y sucesores del hereje sajón: Huss, Wycleff, Melanchton y Calvino, entre otros). La Contrarredención de los malditos (y éste sería el mayor de sus triunfos) quedaría asociada, en la confusión de los más, a la causa de la Iglesia.]  

El escepticismo, según aquella etimología que hace de éste el estado de quien va y viene por las cosas sin atinar una sombra de juicio: éste sería el puerto de tanta operosidad sin brida que resume en una sola imagen el espectáculo de los últimos dos siglos, ese mismo escepticismo que corroe los ánimos y las ánimas, que quita el deseo del bien último y empece al hombre todo, dejándolo solo consigo mismo y aun sin siquiera él. Se ha ido tan lejos en la progresión del mal que la ofuscación espiritual de nuestros días asume proporciones bíblicas, como por lo demás ya lo había anticipado el Señor: «será como en los días de Noé...» (Mt 24, 37), sin que aquellos que tienen el cometido de denunciarla atinen a abrir sus tímidas bocas. Crasa la extemporaneidad y el error de diagnóstico de aquellos que recurren a ternezas pastorales cuando lo que urge es increpar a viva voz. Al precio de devenir pastores de alimañas, olvidan que para resucitar a Lázaro, que ya hedía, el Señor le ordenó con voz potente que saliera de su tumba, y que en el Apocalipsis (19, 15), en su venida postrera, el Rey de Reyes es retratado con una espada afilada que asoma por su boca.

Cumple siempre recordar que el milagro de la transubstanciación se opera pronunciando unas precisas palabras sobre aquellas materias que, de otro modo, permanecerían inalteradas, lo que habría que aplicar para favorecer la conversión de un alma. Que valga la remota analogía: acá hay un exorcismo que obrar, que no unas complicidades que saldar. Tanto, que puede tenerse por muy cierto que si Jesús hubiese cumplido su misión terrena en nuestros días habría habido una multitud de candidatos a Judas sin el terrible final del Iscariota. Si hasta la posibilidad del remordimiento de conciencia fue sofocado, esto es porque empezó por desdeñarse la eficacia de las palabras.

Y se extendió, a la postre de todo, ese trastorno psíquico que antaño se hubiera atribuido a un Antíoco, a un Nerón, y que hoy puede personificarse en cualquier hijo de vecino. La psicopatía, que cierra al sujeto sobre su eje y lo hace indemne a todo sentimiento de culpa que pudieran suscitar sus faltas, se ha expandido con las mismas moléculas de aire. Y no hace falta que prorrumpa el asesino múltiple en los noticieros para identificar esa patología entre nosotros: se mata al desgaire, sin efusión de sangre, se anula y troncha una y muchas vidas toda vez que se desmembra una familia por capricho; que, sin oponer resistencias, se entrega a los propios hijos a la máquina profanadora de conciencias; cada vez que se infringe el compromiso contraído de palabra arguyendo para sí que verba volant, que nada nos ob-liga. ¡Con qué claridad describe el salmista al hombre que morará en el Tabernáculo de Dios como a aquel que «no vuelve atrás aunque haya jurado en perjuicio propio» (Ps. 14, 4), y qué contraste con este homúnculo corrompido en sus fibras más íntimas por la falaz persuasión de que no hay otra realidad que el yo, y un yo voluble! Éste es el insight, como lo llama la psicología cibernética: la supremacía del yo personal y sus deseos con aptitud para justificarlo todo, aun el perjurio y la traición.

Gentes sin historia, sin raíces, capaces de dar al traste en un tris con el trasto de sus pasados pisados, no es raro que la evocación de las virtudes de un tercero los irrite, ya que son enemigos de la virtud y que, como en una parodia de pasión moral, su apatía fundamental sólo se vea sacudida por un brote de indignación siempre que se reconozcan lesionados en sus deleznables intereses, único ámbito que se avienen a reconocer como sacro. Como es obvio comprobar, a este morbo le corresponde una política concebida no en atención a la amistad social sino más bien fundada en maquinaciones de parte, de partido, que no son sino una amplificación de aquellas mezquindades que, a su vez, fomentan. Y la amistad personal, meramente nominal aunque celebrada con cotillón de gestos y vaniloquios, acaba reduciéndose a un rejunte de egoísmos, a una confluencia transitoria de intereses.

«Él no amaba: lo único que amaba era ser», dice Rilke del personaje de uno de sus libros. Tenemos que habérnosla nada menos que con esto los católicos en estos días, que son los de la Pasión de la Iglesia, tiempos ya previstos como aquellos en que los hombres «no soportarán la sana doctrina» (II Tim 4, 3) ya que ésta estorba sus afanes autonómicos. No vale atenuar la gravedad del cuadro: ni los salvajes evangelizados por los jesuitas, ni los tuareg del padre de Foucauld sufrieron de una constitución mental tan indócil a la Verdad como estos fríos e impasibles ejecutores del mal, decididos a condenarse con tal de no tener que plegar sus rodillas. Que el Señor los sacuda con su grito y que despierten.