miércoles, 22 de marzo de 2017

AMORIS LAETITIA: A UN AÑO DE SU PUBLICACIÓN

    -LA DESTRUCCIÓN DEL MATRIMONIO Y LA ABOLICIÓN DEL PECADO A TRAVÉS DE LA FALSA MISERICORDIA-
por Alejandro Sosa Laprida

Flor que medra en las márgenes del Aqueronte
Con su segunda e interminable[1] Exhortación Apostólica -que contiene 58.000 palabras-, llamada Amoris Laetitia[2] (« la alegría del amor »), publicada hace exactamente un año, y que alguien llamó, con un toque de humor sarcástico, pero no desprovisto de razón, Los amores de Leticia[3], Francisco alcanzó incontestablemente una nueva dimensión en materia de iniquidad, a punto tal que fue precisamente a partir de este texto que comenzaron a hacerse oír tímidamente voces críticas hacia él entre los miembros « conservadores » de la jerarquía conciliar.

Con este documento pretendidamente magisterial Francisco llevó a su término el prolongado y maquiavélico proceso de subversión ideológica que condujo a su publicación, el cual comprende principalmente los dos Sínodos de los Obispos de 2014 y 2015, a la vez que una cantidad apabullante de textos e informes indigestos, repletos de toda suerte de omisiones, de ambigüedades, de manipulaciones, de falsedades y de medias verdades.

Habida cuenta de la longitud sin precedentes de este documento, hábilmente concebido con vistas a diseminar toda suerte de errores y de bombas de relojería en múltiples esferas de la fe y de la moral, y no solamente en lo que concierne a la admisión de los « re-casados » a los sacramentos, como se suele creer equivocadamente, me contentaré con presentar algunos extractos particularmente nocivos.
Nada más empezar, Francisco fija el tono del documento, aboliendo literalmente el papel del magisterio en provecho del relativismo doctrinal erigido en única regla:

« Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales. Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. […] Además, en cada país o región se pueden buscar soluciones más inculturadas, atentas a las tradiciones y a los desafíos locales, porque «las culturas son muy diferentes entre sí y todo principio general [...] necesita ser inculturado si quiere ser observado y aplicado  » § 3

Aquí Francisco no sólo nos surtió su insistente ocurrencia gnóstica según la cual « el tiempo es superior al espacio », sino que, para colmo, tuvo la inverosímil osadía de hacernos saber, empleando un tono condescendiente, que él pretende « recordárnosla », como si fuese un artículo de fe, cuando se trata, en cambio, de una perfecta novedad que él fue el primero y el único en enunciar en 2000 años de historia del cristianismo, y que no es más que una aberración filosófica completamente desprovista de sentido, a no ser desde una perspectiva evolucionista.

Francisco había lanzado esta idea por primera vez en Evangelii Gaudium[4]. Me permito reproducir íntegramente el pasaje ya que esto nos permitirá adentrarnos en su pensamiento gnóstico. Al mismo tiempo, si se toman las cosas con una dosis de humor, estoy persuadido de que podrá apreciarse el momento de sana distensión que puede propiciar la risa ante una jerga tan ampulosa. He aquí esta auténtica pieza de antología, pero ¡cuidado con el mareo!

« Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite. La plenitud provoca la voluntad de poseerlo todo, y el límite es la pared que se nos pone delante. El tiempo, ampliamente considerado, hace referencia a la plenitud como expresión del horizonte que se nos abre, y el momento es expresión del límite que se vive en un espacio acotado. Los ciudadanos viven en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía que nos abre al futuro como causa final que atrae. De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio. »   § 222

¿Cómo? ¿Que no es suficientemente claro? ¡Vamos, un pequeño esfuerzo, por favor! Bueno, de acuerdo, comprendo que no es tarea sencilla descifrar el lenguaje hermético de un modernista consumado, por eso he procurado componer una paráfrasis de este texto « magisterial » para facilitar la penetración de sus arcanos:

« Hay una plenitud entre la tensión bipolar y el límite. La voluntad de plenitud provoca la posesión del límite que es como un muro puesto ante nosotros. La plenitud, en sentido lato, hace referencia al horizonte que se expresa, mientras que el momento es la expresión de un espacio que está allí. Los ciudadanos tienden a la experiencia que se despliega a la luz del tiempo en el momento preciso en el que la condición de un horizonte más vasto nos lleva hacia la utopía que nos atrae como causa final. Es aquí que surge un pueblo para construir el principio que nos permite avanzar: el espacio se abre en dirección al tiempo que ilumina. »

¿De veras? ¿Que aún no se entiende nada? Pues bien, ¡a no preocuparse! Un pequeño taller consagrado al idealismo alemán, y todo se volverá más claro que agua de manantial. Retomando la seriedad, debe tenerse en cuenta que esto se presume un texto magisterial que expone verdades de fe contenidas en la revelación. De hecho, con esta jerga críptica digna de un filósofo hegeliano, Francisco alude al proceso evolutivo de la conciencia humana que se despliega en el tiempo, orientado infaliblemente hacia el término que lo atrae a modo de causa final, y que no es otro que el famoso Punto Omega o Cristo Cósmico de su maestro panteísta Teilhard de Chardin. Este Punto Omega representa la etapa final en el desarrollo de la conciencia surgida de la materia, hacia el cual se dirige el universo, y en el cual se consumará la unión total del hombre, del mundo y de Dios.

En el párrafo siguiente Francisco explica el sentido de su falso principio: se trata de un proceso evolutivo necesario e ineluctable que se despliega en los acontecimientos de la historia humana. Esta noción es el fundamento ideológico del « progresismo » marxista e implica una visión monista de la realidad, sin espacio alguno para la libertad ni la trascendencia divina. Tendremos la ocasión de volver a referirnos a esto a continuación. He aquí el texto:

« El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. » § 223

Pero volvamos al § 3 de Amoris Laetitia. Después de haber recordado el principio absurdo según el cual « el tiempo es superior al espacio » -principio que será por cierto difícil de olvidar-, Francisco nos explica que en la Iglesia es necesario conservar la « unidad de doctrina », pero que « esto no impide que subsistan diferentes interpretaciones de ciertos aspectos de la doctrina ». Para entender cómo pueden sostenerse estos principios contradictorios en una misma frase, no se debe perder de vista que el principio de no-contradicción no tiene estrictamente ningún sentido para quien adhiere al principio de la evolución, según el cual los conflictos, las crisis y, justamente, las contradicciones, constituyen el verdadero motor del progreso, el dinamismo dialéctico que hace posible el ascenso progresivo del espíritu humano hacia la conciencia absoluta, es decir, hacia la divinización. Una vez introducidos el pluralismo y el relativismo doctrinal, nadie se sorprenderá si Francisco se permite proferir palabras tan desconcertantes como éstas:

« […] se puede acoger la propuesta de algunos maestros orientales que insisten en ampliar la consciencia, para no quedar presos en una experiencia muy limitada que nos cierre las perspectivas. Esa ampliación de la consciencia no es la negación o destrucción del deseo sino su dilatación y su perfeccionamiento.  » § 149

Me pregunto: ¿es un papa el que habla, o bien un gurú de la New Age? Es de destacar que Francisco dice esto tratando del placer y la sexualidad, por lo que resulta imposible no pensar en el Tantra, tradición esotérica chamánica que se encuentra en las principales religiones orientales, especialmente en el hinduísmo y en el budismo, y que se sirve de la sexualidad para « ampliar la conciencia », para alcanzar la « iluminación », el « despertar », a saber: el pasaje de la conciencia individual, dualista, al estado de « supraconciencia » propio de la divinidad. No es menester precisar que nos encontramos en pleno panteísmo.

A continuación, como buen apóstol del feminismo y del igualitarismo, Francisco aprovecha para minar la autoridad del jefe de familia, explicando que la enseñanza de San Pablo no sería sino un « ropaje cultural » (!!!):

« […] conviene evitar toda interpretación inadecuada del texto de la carta a los Efesios donde se pide que ‘‘las mujeres estén sujetas a sus maridos’’ (Ef 5, 22). San Pablo se expresa aquí en categorías culturales propias de aquella época, pero nosotros no debemos asumir ese ropaje cultural, sino el mensaje revelado que subyace en el conjunto de la perícopa.  » § 156

En otro pasaje Francisco sostiene que la virginidad consagrada no es un estado de vida más excelente que el matrimonio:

« En este sentido, san Juan Pablo II dijo que los textos bíblicos ‘‘no dan fundamento ni para sostener la inferioridad del matrimonio, ni la superioridad de la virginidad o del celibato" en razón de la abstención sexual. Más que hablar de la superioridad de la virginidad en todo sentido, parece adecuado mostrar que los distintos estados de vida se complementan, de tal manera que uno puede ser más perfecto en algún sentido y otro puede serlo desde otro punto de vista. » § 159

Lo que resulta embarazoso tanto para Francisco como para Juan Pablo II, ya que ambos caen de lleno bajo el anatema del Concilio de Trento:

« Si alguno dijere que el estado del matrimonio debe preferirse al estado de virginidad o de celibato y que no es mejor ni más feliz mantenerse en la virginidad o celibato que casarse, sea anatema.[5] » (Mt 19,11; 1 Co 7,25; 1 Co 7,38-40; sesión XXIV, canon X sobre el sacramento del matrimonio)

Juan Pablo II y Francisco son, pues, anatematizados por la Iglesia por negar explícitamente lo que ella afirma con claridad. Por más que pretendan ser católicos de ningún modo lo son, ya que no profesan la fe de la Iglesia.

Pío XII repitió esta verdad dogmática en 1954, en su encíclica Sacra Virginitas:

« Es preciso, por tanto, afirmar como claramente enseña la Iglesia que la santa virginidad es más excelente que el matrimonio. Ya nuestro Divino Redentor la había aconsejado a sus discípulos como instituto de vida más perfecta; y el Apóstol San Pablo, al hablar del padre que da en matrimonio a su hija, dice: Hace bien; pero en seguida añade: Mas el que no la da en matrimonio obra mejor. […] Pues si, como llevamos dicho, la virginidad aventaja al matrimonio, esto se debe principalmente a que tiene por mira la consecución de un fin más excelente y también a que de manera eficacísima ayuda a consagrarse enteramente al servicio divino, mientras que el que está impedido por los vínculos y los cuidados del matrimonio en mayor o menor grado se encuentra dividido. […]  Esta doctrina, que establece las ventajas y excelencias de la virginidad y del celibato sobre el matrimonio, fue puesta de manifiesto, como lo llevamos dicho, por nuestro Divino Redentor y por el Apóstol de las Gentes; y asimismo en el santo concilio tridentino fue solemnemente definida como dogma de fe divina y declarada siempre por unánime sentir de los Santos Padres y doctores de la Iglesia[6]. »

A continuación, Francisco aboga por la reintegración a la vida eclesial de todos aquellos que se hallen en una situación « irregular »:

« Se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia inmerecida, incondicional y gratuita. Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio. No me refiero sólo a los divorciados en nueva unión sino a todos, en cualquier situación en que se encuentren.  » § 297

« Todos » quiere decir precisamente « todos », ¿no es cierto? Vale decir: concubinos, divorciados « re-casados », homosexuales, partidarios del aborto y del « matrimonio » gay, etc. Ahora bien, ninguna persona se encuentra excluida « para siempre » de la Iglesia, ¡a condición de que se decida a cambiar de vida! El problema es que, según Francisco, habría que « integrar » a todo el mundo, cualquiera sea su situación, incluso quienes no manifiesten intención alguna de poner fin a su vida escandalosa.  Además, afirmar que no es propio de la lógica del Evangelio el condenar a nadie para siempre resulta bastante curioso, cuando se consideran palabras como éstas:

« Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. » (Mt. 25, 41)

Es nada menos que Nuestro Señor Jesucristo quien ha dicho esto. Sin embargo, se entiende que para un gnóstico se trate de enseñanzas inaceptables, ya que, según su visión monista del cosmos, en virtud del proceso evolutivo, todo el mundo alcanzará ineluctablemente su término, que no es otro que el de la divinización. Recordemos aquí aquellas palabras de Francisco a Eugenio Scalfari:

« En la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra especie termine, no terminará la luz de Dios que en ese punto invadirá todas las almas y será todo en todos[7]. » 
                                                                                  
Francisco sostiene aquí la salvación universal por asimilación a la esencia divina. Según esta visión de las cosas, va de suyo que la idea de que alguien pueda ser « condenado para siempre » naturalmente no tiene sentido alguno. Se trata de panteísmo en estado puro, como podremos comprobar más adelante, y éste es el error que está en la base del discurso y de la praxis bergoglianos.

A continuación, Francisco explica que si alguno vive su adulterio con una « fidelidad probada » y un « generoso don de sí » (¡no lo estoy inventando!), aunque no se trate de la situación « ideal » (!!!), igualmente uno puede ser « reintegrado » mediante el « discernimiento » y la « mirada » adecuada de los pastores... lo que cambia todo, ¡evidentemente!

« Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas. […] Debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia. Los Padres sinodales han expresado que el discernimiento de los pastores siempre debe hacerse distinguiendo adecuadamente, con una mirada que discierna bien las situaciones. Sabemos que no existen recetas sencillas. » § 298

Este discurso se funda en la ética situacional, que disuelve la moral en un relativismo subjetivista: no hay que considerar otra cosa que las circunstancias; no hay más actos objetivamente malos, pura y simplemente, cualesquiera sean las circunstancias. El matrimonio cristiano, junto a la indisolubilidad que implica, no es más normativo sino que se vuelve un « ideal » que no se halla al alcance de todo el mundo.  De este modo, habrá que esforzarse en destacar los « valores positivos » que se encuentran en las situaciones « irregulares » (concubinato, adulterio, dúos homosexuales, etc.): « fidelidad probada, generoso don de sí, compromiso cristiano », etc. ¿Acaso hay necesidad de precisar que tales proposiciones no son más que horrorosas mentiras que no pueden provenir sino del Padre de la Mentira?

He aquí lo que decía Pío XII acerca de la moral de situación en el curso de una alocución de 1952 en el Congreso Internacional de la Federación mundial de la juventud femenina católica[8]:

« La ética nueva se halla tan fuera de la ley y de los principios católicos que hasta un niño que sepa su catecismo lo verá y se dará cuenta y lo percibirá. Por lo tanto, no es difícil advertir cómo el nuevo sistema moral se deriva del existencialismo que, o hace abstracción de Dios, o simplemente lo niega, y en todo caso abandona al hombre a sí mismo. »

Es exactamente lo contrario de lo que dice Francisco. He aquí, a título ilustrativo, cuatro pasajes extraídos de Amoris Laetitia:

1. « Sólo cabe un nuevo aliento a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares, que debería reconocer que, puesto que el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas [9]. » § 300                       
2. « [… ]a veces nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas. » § 310
3. « Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano.  » § 304
4. « Esto nos otorga un marco y un clima que nos impide desarrollar una fría moral de escritorio al hablar sobre los temas más delicados, y nos sitúa más bien en el contexto de un discernimiento pastoral cargado de amor misericordioso, que siempre se inclina a comprender, a perdonar, a acompañar, a esperar, y sobre todo a integrar. Esa es la lógica que debe predominar en la Iglesia, para realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales. » § 312

He aquí, finalmente, una quinta y última cita tomada de una homilía en la Casa Santa Marta del pasado 16 de junio y en la cual Francisco califica la doctrina católica tradicional sencillamente de herética. La situación es grotesca: decididamente, este hombre da muestras de una desvergüenza inaudita, cree que todo le está permitido, no se detiene ante nada, miente y blasfema con una naturalidad pasmosa, y todo esto sin que jamás nadie se atreva a denunciarlo y a desafiarlo públicamente. Pero lo más triste del caso es que casi nadie pareciera sentirse afectado por esta situación totalmente inconcebible. Éstas son sus palabras:

« No es católico ‘‘o esto, o nada’’: esto no es católico. Eso es herético. Jesús siempre sabe caminar con nosotros, nos da el ideal, nos acompaña hacia el ideal, nos libra de este encauzamiento de la rigidez de la ley, y nos dice: ‘‘Haced hasta donde podáis’’. Y nos comprende bien. Éste es nuestro Señor, esto es lo que nos enseña [10].  »

Pero volvamos a la alocución de Pío XII para percibir mejor la oposición existente entre la doctrina católica y las fantasías pergeñadas por Francisco:

« De las relaciones esenciales entre el hombre y Dios, entre hombre y hombre, entre los cónyuges, entre padres e hijos; de las relaciones esenciales en la comunidad, en la familia, en la Iglesia, en el Estado, resulta, entre otras cosas, que [sigue una larga lista de comportamientos pecaminosos, incluyendo el adulterio y la fornicación] todo ello está gravemente prohibido por el Legislador divino. No hay motivo para dudar. Cualquiera que sea la situación del individuo, no hay más remedio que obedecer. »

Esto ciertamente no es una buena noticia para Francisco y su « adecuado discernimiento personal y pastoral ». Pío XII afirma que, de cara a ciertas acciones objetivamente desordenadas, cualquiera sea la situación del individuo, « no hay más remedio que obedecer ». Francisco, en cambio, declara: « sabemos que no existen recetas sencillas » y aboga por un « discernimiento pastoral cargado de amor misericordioso ».  ¿Cuál de los dos yerra? Yo me atrevería a ir más lejos y preguntaría: ¿cuál de los dos es verdaderamente papa? Sí, no dudo en repetirlo: ¿cuál de los dos es un auténtico papa, a saber, aquel cuya enseñanza debe conformarse necesariamente con la doctrina de la Iglesia? Dicho de otro modo, ¿es acaso posible que dos pastores legítimos proclamen doctrinas diametralmente opuestas en materia de fe y moral? En definitiva, la contradicción lógica, ¿formaría parte del depósito de la fe? Por mi parte, yo no estoy dispuesto a adoptar la dialéctica hegeliana…

Inspirándonos en el relato de la caída, podríamos decir que, mientras  Pío XII declara: « no comáis del árbol ni lo toquéis, de lo contrario moriréis », Francisco, por su parte, replica: « No moriréis, de ninguna manera. Adelante, hijos bienamados, acercaos a la Mesa Santa confiadamente, ya que seréis acogidos por mi misericordia infinita, vuestros ojos se abrirán, seréis como dioses y descubriréis finalmente ‘‘la alegría del amor’’. » He aquí un extracto del documento:

« Su participación [la de los « divorciados vueltos a casar »] puede expresarse en diferentes servicios eclesiales: es necesario, por ello, discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas. Ellos no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia […] » § 299

Ése es el verdadero objetivo de Francisco: la abolición pura y simple del pecado. Desde su óptica, se puede vivir en estado de adulterio y ser, al mismo tiempo, un « miembro vivo de la Iglesia ». Todo está condensado aquí. Y nadie se subleva. El hecho de que más de mil millones de católicos puedan seguir llamando « Santo Padre »  a este personaje diabólico es algo que rebasa por completo mi comprensión…He aquí otros dos pasajes antológicos de Fornicationis Laetitia, la última Expectoración Escatológica bergogliana:

« Por ello, un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones irregulares, como si fueran piedras que se lanzan sobre la vida de las personas. Es el caso de los corazones cerrados, que suelen esconderse aun detrás de las enseñanzas de la Iglesia para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas […] A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado -que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno- se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia[11]. El discernimiento debe ayudar a encontrar los posibles caminos de respuesta a Dios y de crecimiento en medio de los límites. Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios.  » § 305
« Pero de nuestra conciencia del peso de las circunstancias atenuantes -psicológicas, históricas e incluso biológicas- se sigue que, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día, dando lugar a la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible. Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino. » § 308

Ésta es la «iglesia» propugnada por Francisco, al amparo de una falsa noción de misericordia: una « iglesia » donde reina la confusión y que no teme « mancharse con el barro del camino ». Hay que decir que esta « iglesia bergogliana » no se parece mucho que digamos a la Iglesia Católica, a la Esposa inmaculada del Cordero, sino más bien a una contra-iglesia infernal, lista para ponerse al servicio del Anticristo...

El pasado 16 de junio, con ocasión del discurso de apertura del Congreso eclesial de la diócesis de Roma, desarrollado en la Basílica de San Pedro, Francisco volvió a la carga, llevando la impiedad a límites insospechados. He aquí tres cortos extractos:

1. « Prefieren convivir, y esto es un desafío, requiere un trabajo. No decir en primer lugar: ‘‘¿Por qué no te casas por la Iglesia?’’. No. Acompañarlos: esperar y hacer madurar. Y hacer madurar la fidelidad[12]. »
 2. « […] he visto mucha fidelidad en estas convivencias, mucha fidelidad; y estoy seguro que este es un matrimonio verdadero, tienen la gracia del matrimonio, precisamente por la fidelidad que se tienen[13]. »
3. « Es la cultura de lo provisional. Y esto sucede por doquier, también en la vida sacerdotal, en la vida religiosa. Lo provisional. Y por esto la mayor parte de nuestros matrimonios sacramentales son nulos, porque ellos [los esposos] dicen: ‘‘Sí, para toda la vida’’, pero no saben lo que dicen, porque tienen otra cultura[14]. »

Pero entonces, ¿para qué casarse, si la mayor parte de los matrimonios son inválidos y los concubinatos vividos en « fidelidad » poseen la gracia del matrimonio? ¿Se alcanzan a vislumbrar los efectos deletéreos que las palabras de Francisco pueden ejercer en las parejas que atraviesan momentos difíciles y que hacen todo lo que pueden para permanecer fieles a su compromiso? ¿Para qué seguir luchando? ¿No sería acaso más razonable formular un pedido de reconocimiento de nulidad matrimonial, puesto que la mayor parte de los matrimonios son inválidos, para luego poder « rehacer su vida »?

En definitiva, lo que Francisco está diciendo a los concubinos es que no se casen, y a los casados, que sus matrimonios no tienen ningún valor. No puedo dejar de interrogarme: ¿se puede concebir un mensaje más devastador para el matrimonio y la familia? ¿Es concebible que semejante mensaje pueda salir de los labios de un auténtico Vicario de Nuestro Señor Jesucristo? Tercera y última pregunta: un verdadero discípulo de Jesucristo, ¿tiene el derecho de callar ante estos diabólicos e incesantes ataques contra la fe y la moral perpetrados precisamente por quien pasa por ser, a los ojos del mundo, el Soberano Pontífice de la Iglesia Católica y el Sucesor de San Pedro?






[1] Probablemente el documento más extenso jamás producido por un pontífice en 2000 años de historia de la Iglesia. Supera ampliamente, entre otros extensísimos textos, las 45000 palabras que contiene la encíclica Veritatis Splendor, de Juan Pablo II o las 31000 de Caritas in Veritate, de Benedicto XVI. Compárese esta logorrea crónica de los papas conciliares con, por ejemplo, las 4500 palabras de la encíclicaMortalium Animos, de Pío XI o las 6400 de Humani Generis, de Pío XII…
[7]Entrevista con Eugenio Scalfari el 24 de septiembre de 2013,  publicado el 1 de octubre en La Repubblica.
[9] Nota al pie n° 336: « Tampoco en lo referente a la disciplina sacramental, puesto que el discernimiento puede reconocer que en una situación particular no hay culpa grave. Allí se aplica lo que afirmé en otro documento: cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44.47: AAS 105 (2013), 1038.1040. »
[11] Nota n° 351 : « En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos. Por eso, «a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor»: Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44: AAS 105 (2013), 1038. Igualmente destaco que la Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles» ( ibíd, 47: 1039). »
[13] Ibidem.

jueves, 9 de marzo de 2017

CENA ANGLICANA EN SAN PEDRO


Francisco Octavo, o la esperpéntica síntesis
del fundador de la iglesia anglicana
y el demoledor -si fuera posible demolerla- de la Iglesia católica

Cuando dentro de unos pocos días, en rigurosa consonancia con los festejos por el cuarto aniversario de la elección de Francisco, la basílica de San Pedro se vea en el trance de soportar la celebración, en su altar mayor, de las vísperas anglicanas de manos de celebrantes exentos de auténtica dignidad sacerdotal, se estará cumpliendo un nuevo hito en aquel otro hito que ya constituye este impar pontificado. Concretamente, se volverá a tentar a Dios en el interior mismo del templo mayor de nuestra fe, como hace ya más de un año se lo hizo en su fachada exterior, al proyectar sobre la misma imágenes ecológico-simiescas el mismo día de la Inmaculada Concepción. Ambos hechos merecen un sitio en el terno que bien podría completarse con la misa satánica celebrada en 1963 en la capilla paulina en el Vaticano, según conocido testimonio de Malachi Martin en su novela Windswept house.

Se trata de un sacrilegio, hasta la fecha, único en su género. Pues si las visitas a edificios luteranos de parte de Benedicto XVI y del propio Francisco afectaban a la potestad, una tan factible como estrábica interpretación de las mismas (en tiempos, como los nuestros, de fe desfalleciente) podía creer infligida la mancha a la sola persona, falible como todas, que no al cargo; pero la concesión del altar mayor de la Iglesia, con la sagrada hostia oculta en el tabernáculo siendo ipso facto vilipendiada, ya comporta una profanación inequívoca.

Como ya no cuenta para nada el Magisterio, la bula Apostolicae curae de León XIII podrá ser entregada a las llamas sin escrúpulos, toda vez que aquel papa define allí que «con el íntimo defecto de forma» del ritual de ordenaciones anglicano, reformado en 1552 tras varios años de ruptura con Roma, «está unida la falta de intención que se requiere igualmente de necesidad para que haya sacramento», motivo por el cual, de conformidad con los decretos emanados por los pontífices precedentes acerca del asunto, «pronunciamos y declaramos que las ordenaciones hechas en rito anglicano han sido y son absolutamente inválidas y totalmente nulas» (Dz. 1966). De nada vale, pues, el posterior intento anglicano de recuperar el viejo formulario, más de cien años después del cercenamiento del primitivo: para entonces ya se había perdido la sucesión apostólica, lo que confiere a las vísperas anglicanas en Roma un valor intrínseco no mayor que si se les cediera San Pedro para el five o'clock tea, no sin el obvio efecto sacrílego.

De este modo, lo que se llamó la «evolución homogénea del dogma», esto es, la explicitación progresiva en el tiempo del contenido implícito en la Revelación, vino a ser sustituido por la «contra-afirmación heterogénea de la doxa», de la mera opinión humana, fluctuante y reversible, como para sumergir definitivamente toda claridad doctrinal en la niebla de la ignorancia o en la tiniebla de las inteligencias ofuscadas por el orgullo. Porque -valga tenerlo siempre presente- la herejía pertenece al ámbito de las opiniones, de las reservas mentales para con una verdad propuesta a nuestro asentimiento fiel. Lo que el «libre examen» consagra es la disposición seleccionadora del contenido de la fe, desnaturalizándola en su misma raíz al pretender arraigarla en la voluntad, siendo la fe -como lo es- una virtud intelectual. Todo lo que provenga de esta primera defección perpetuará, pues, el error y el daño.

La exaltación de la variedad anárquica, de la pluralidad desbocada y el caos que el protestantismo exhibe desde su cuna, será carácter pronto extendido al pensamiento y a la acción -a la historia moderna, digamos, dimanada de aquella violenta ruptura religiosa. El trágico olvido de que sólo del uno procede lo múltiple gravó así toda la realidad humana, terminando con la institución monárquica, con las tradiciones locales y aun con la familia y el matrimonio, ámbito privilegiado de la unidad y principio de su consolidación civil. Es el horror que el caos suscita en la conciencia humana quien inspiró finalmente a los ideólogos la recurrencia a una unidad espuria a través del totalitarismo, producto típicamente moderno capaz de rendir acabada cuenta de este desdichado proceso de atomización y reintegración falaz de cuño voluntarista. De la desintegración extrema a la leviatanización: con tal fórmula podrían sintetizarse cinco siglos de historia moderna.

Unus Dominus, una fides, unum baptisma: en la Iglesia modernizada o modernista, de la precisa fórmula paulina vino, pues, a escamotearse el término del medio, a los fines de propiciar una nueva unidad fundada sobre otros principios, otras opiniones, heterodoxias. «Tenemos el mismo bautismo, tenemos que caminar juntos», es el requiebro susurrado en los oídos de los protestantes, con crasa omisión de que no tenemos la misma fe. La nueva unidad, prohijada por la «diversidad reconciliada», es un magma en el que las necesarias distinciones ontológicas se disuelven, donde la virtud y el vicio valen lo mismo, donde las nociones del bien y el mal son baladíes, donde la ortodoxia equivale a la herejía y donde -muy a diferencia de la parábola de las bodas reales (Mt 22, 1-14)- todos pueden ser admitidos a la cena sin vestir el traje correspondiente. Se proclama, en rigor, un nuevo y demencial evangelio.

Si por sus gustos se conoce al hombre, en el caso de Bergoglio conoceremos por los mismos también su programa. El locuaz profeta de la nueva misericordia supo clamorear su afición por la Crucifixión blanca de Chagall (cuadro en el que el propio autor señaló su intención de asociar el sacrificio de Cristo con el infecto mito de la «Shoah», subordinando incluso aquél a éste), del mismo modo que no le ha faltado ocasión de reivindicar a El almuerzo de Babette como su película favorita. Así lo expresa en su controvertida Amoris laetitia: 

Las alegrías más intensas de la vida brotan cuando se puede provocar la felicidad de los demás, en un anticipo del cielo. Cabe recordar la feliz escena del film La fiesta de Babette, donde la generosa cocinera recibe un abrazo agradecido y un elogio: «¡Cómo deleitarás a los ángeles!» Es dulce y consoladora la alegría que resulta de procurarle el bien a los otros, de verlos gozar (§129)
Carecíamos de referencias a la obra y, por lo tanto, no colegíamos en toda su plenitud lo que Bergoglio pretendía traficarnos con semejante alusión. Vino en nuestro auxilio un reciente artículo de Il blog di Baronio, donde se nos anoticia de la infausta fisonomía de la autora del libro en el que se inspira la película, Karen Blixen, una escritora danesa convencida de que el bien y el mal son intercambiables: «somos nosotros mismos quienes juzgamos bueno o malo algo que de por sí es ambivalente, y que deviene bueno o malo según nuestro juicio, según nuestro discernimiento personal. Caso por caso. Y recordaremos también que la Blixen -allí cuando descubrió haber contraído la sífilis a expensas de su primer marido, durante su estadía en África- cedió su propia alma al diablo, de modo que toda la experiencia vivida pudiese ser volcada en sus cuentos». El animismo y la brujería, según parece, fueron la oscura religión de esta desnortada nórdica cuyas fantasías pluguieron tantísimo a Bergoglio.

En rigor de verdad, lo que Francisco pondera es la película, que del libro original resulta una interpretación un tanto abusiva. En resumidísimas cuentas, la historia trata de una espléndida comida ofrecida por una cocinera francesa a un grupo de comensales noruegos pertenecientes a una comunidad luterana, doce en total, que honran con este agape la memoria del fundador. Lo que la película no recoge es que, en la historia original, la cocinera es una terrorista prófuga de su nación que, empleada en un villorrio noruego por las hijas de un pastor luterano local como ama de llaves, ofrece este banquete con el dinero obtenido al ganar la lotería para demostrar su gratitud a sus protectores y, al mismo tiempo, lucir su habilidad en las artes culinarias. Su condición de francesa podría sugerir su adscripción católica, si el libro no explicitara su pasado anarquista y criminal.

Arguye Baronio:
Babette, por tanto, no es un personaje positivo, no es el ángel que deja entrar un haz de luz católica en la oscuridad en la que se encuentran los miembros de la secta. Ella es más bien un personaje se diría casi infernal, que después de haberse beneficiado de la generosa hospitalidad de una pequeña comunidad y de haber merecido su confianza, seduce las mentes y los corazones persuadiéndolos de que las diferencias doctrinales e ideológicas -mantenidas siempre en silencio- pueden ser superadas en el encuentro en aquello que creemos compartir: la mesa [...]
La cena de Babette es el ámbito de la venganza hedonista por sobre los sacrificios dolorosos del pasado [...] que son reabsorbidos en un presente dionisíaco, ante la memoria ridiculizada del Decano, casi obligado a asistir a la traición de su comunidad. Tampoco hay que olvidar la reprobación de la severidad formalista del difunto, al que se atribuyen las renuncias de las hijas Martina y Philippa, frustradas en sus aspiraciones por una visión beata y esclerotizada de la fe. 
Aquello que quedaba de la unión con el sacrificio de Cristo en la empero distorsionada visión luterana, se disuelve toda vez que Cristo es desterrado del convivium. De esta manera la cena, que hasta entonces congregaba en torno a la pobre mesa a los fieles de la secta para conmemorar a su fundador, con Babette se convierte en una celebración de la comunidad devenida un fin en sí misma.
A tal punto resulta superflua la figura del sacerdote, que Babette puede permanecer en la cocina. Ella es el deus ex machina que prepara todo, así como Bergoglio prepara una nueva religión, dejando que los acontecimientos hablen en primera persona.

Así, a puro golpe de acontecimientos, con la inexorabilidad de los hechos consumados, se va acelerando aquello que la Escritura designa como la «abominación de la desolación» y la «supresión del sacrificio cotidiano», conforme a la estrategia revolucionaria de pegar primero y, si es posible, otra y otra vez antes de que se produzca la tardía reacción: tal es la confianza (audacia) que los malos tienen en la confianza (inercia) de los buenos. Primero la ruptura litúrgica, con su secuela imparable y creciente de abusos que al cabo de unas décadas vuelven irreconocible el mismo ritual romano reformado; luego, la dispensa para comulgar en pecado mortal según la teoría del discernimiento, otrora condenada como "moral de situación". Inmediatamente después, la apertura de sendas brechas por las que colar la discusión del diaconado femenino y el celibato sacerdotal, luego de una praxis ya holgadamente impuesta de "ministros extraordinarios" del culto. ¿Qué mucho que a las liturgias interreligiosas y a la cena anglicana en San Pedro les suceda una inminente modificación en la fórmula de la consagración, para evitar que la inoportuna Víctima sacrificial se haga presente siquiera entre los degradados paramentos del Novus Ordo?

Ubi corpus, ibi aquilae. Unas, las águilas congregadas para alimentarse, que «siguen al Cordero dondequiera éste vaya» (Ap 14, 4); otras, las que bajan a pique para proscribir a Dios de nuestros altares. El sacrosanto Cuerpo de Cristo está en el centro de la guerra esjatológica.

jueves, 23 de febrero de 2017

EL SUPERIOR GENERAL DE LOS JESUITAS DICE QUE HAY QUE «REINTERPRETAR A JESÚS»

por Alejandro Sosa Laprida

(versión en pdf, aquí)

« El beso de Judas », por Giotto di Bondone[1]


¡Ah, bueno! ¿Qué quieren que les diga? La verdad, esto ya no da para mucho más: que Dios nos encuentre confesados...

He aquí un extracto de la entrevista[2] concedida el 18 de febrero por el Padre Arturo Sosa Abascal, nuevo Superior General de la Compañía de Jesús:

P. - El cardenal Gerhard L. Müller, prefecto de la congregación para la doctrina de la fe, ha dicho a propósito del matrimonio que las palabras de Jesús son muy claras y que «ningún poder en el cielo y en la tierra, ni un ángel ni el Papa, ni un concilio ni una ley de los obispos, tiene la facultad de modificarlas».
R. - Antes que nada sería necesario comenzar una buenareflexión sobre lo que verdaderamente dijo Jesús. En esa época nadie tenía una grabadora para registrar sus palabras. Lo que se sabe es que las palabras de Jesús hay que ponerlas en contexto, están expresadas con un lenguaje, en un ambiente concreto, están dirigidas a alguien determinado.
P. - Pero entonces, si hay que examinar todas las palabras de Jesús y reconducirlas a su contexto histórico significa que no tienen un valor absoluto.
R. - En el último siglo han surgido en la Iglesia muchos estudios que intentan entender exactamente qué quería decir Jesús... Esto no es relativismo, pero certifica que la palabra es relativa, el Evangelio está escrito por seres humanos, está aceptado por la Iglesia que, a su vez, está formada por seres humanos… ¡Por lo tanto, es verdad que nadie puede cambiar la palabra de Jesús, pero es necesario saber cuál ha sido![3]

Y esto sin mencionar los dichos del Arzobispo Georg Ganswein, quien es nada menos que Prefecto de la Casa Pontificia de la Santa Sede y secretario personal del « Papa Emérito » Benedicto XVI, el cual aseguró en una entrevista concedida el 25 de diciembre de 2015 que no se puede demostrar la existencia de Dios. Éste es un extracto de dicha entrevista:

P. - Si alguien le preguntara: Su Excelencia, demuéstreme que Dios existe. ¿Qué le respondería?
R. - No hay prueba de que Dios exista, ni hay prueba de que Dios no exista. La fe no opera basada en la prueba racional. La fe vive de testigos y testimonios. Si soy convencido por un testigo y por lo que él dice, entonces esto inflama la fe. Todo lo demás no conduce a la fe, sino que permanece fuera de la fe. Esto es cierto también, y especialmente, en nuestros tiempos.[4]

Lamento mucho tener que añadir aquí una triste precisión, y espero sinceramente no escandalizar a nadie al hacerlo, pero resulta que ésta es la terrible realidad que nos toca vivir a nosotros, los católicos « post-conciliares »…

La precisión es la siguiente: lamentablemente, lo que dijo Ganswein fue también sostenido por Benedicto XVI antes de devenir « Papa Emérito », cuando afirmó que no se puede « probar » la existencia de Dios y que el cristianismo es, entre todas las « grandes opciones » en materia de religión,  la « mejor opción », por ser la más racional y la más humana…

En esta afirmación se combinan agnosticismo y naturalismo, doctrinas incompatibles con la fe católica y claramente condenadas por el magisterio eclesial. Huelga decir que la fe en Jesucristo no es una « opción », sino que es necesaria para la salvación, y que el cristianismo no es simplemente « mejor » que las otras « grandes opciones »  religiosas, pues se trata de la única religión verdadera. Ésta ha sido siempre la enseñanza de la Iglesia.

Pero Ratzinger, en total conformidad con la enseñanza del CVII en materia de ecumenismo y de la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas (Unitatis Redintegratio y Nostra Aetate), da a entender que habría otras religiones que también serían « buenas », es decir, dotadas de eficacia sobrenatural, aunque menos « perfectas » que el catolicismo. Doctrina por cierto herética, condenada[5] por Pío XI en la encíclica Mortalium Animos del 6 de enero de 1928, y que fue puesta en práctica con motivo de las cinco reuniones interreligiosas organizadas en Asís por iniciativa de los últimos tres « Papas »: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. He aquí las palabras del actual « Papa Emérito »:

« Por último, para llegar a la cuestión definitiva, yo diría: Dios o existe o no existe. Hay sólo dos opciones. O se reconoce la prioridad de la razón, de la Razón creadora que está en el origen de todo y es el principio de todo -la prioridad de la razón es también prioridad de la libertad- o se sostiene la prioridad de lo irracional, por lo cual todo lo que funciona en nuestra tierra y en nuestra vida sería sólo ocasional, marginal, un producto irracional; la razón sería un producto de la irracionalidad. En definitiva, no se puede probar uno u otro proyecto, pero la gran opción del cristianismo es la opción por la racionalidad y por la prioridad de la razón. Esta opción me parece la mejor, pues nos demuestra que detrás de todo hay una gran Inteligencia, de la que nos podemos fiar.  Pero a mí me parece que el verdadero problema actual contra la fe es el mal en el mundo: nos preguntamos cómo es compatible el mal con esta racionalidad del Creador. Y aquí realmente necesitamos al Dios que se encarnó y que nos muestra que él no sólo es una razón matemática, sino que esta razón originaria es también Amor. Si analizamos las grandes opciones, la opción cristiana es también hoy la más racional y la más humana. Por eso, podemos elaborar con confianza una filosofía, una visión del mundo basada en esta prioridad de la razón, en esta confianza en que la Razón creadora es Amor, y que este amor es Dios. »[6]

Ahora bien: esto es manifiestamente herético…

Veamos lo que dice al respecto la Constitución Dogmática Dei Filius, promulgada por el Concilio Vaticano I el 24 de abril de 1870:       
« Sobre la Revelación: 1. Si alguno dijere que Dios, uno y verdadero, nuestro creador y Señor, no puede ser conocido con certeza a partir de las cosas que han sido hechas, con la luz natural de la razón humana: sea anatema. »[7]

El primero de septiembre de 1910 San Pío X promulgó el Motu Proprio Sacrorum Antistitum[8], con la finalidad de « conjurar el peligro modernista », el cual incluía, al final del documento, el Juramento Antimodernista que debía prestar todo miembro del clero, y que fue suprimido por Pablo VI el 17 de julio de 1967[9], por ser visiblemente incompatible con la tarea de aggiornamento de la Iglesia emprendida por Roncalli y continuada por Montini. Joseph Ratzinger efectuó el juramento (al igual que todos los papas conciliares), por lo cual su violación lo hace incurrir ipso facto en el anatema que pesa sobre quienes profesan la herejía modernista. Transcribo seguidamente un pasaje de dicho juramento:

« En primer lugar, profeso que Dios, principio y fin de todas las cosas puede ser conocido y por tanto también demostrado de una manera cierta por la luz de la razón, por medio de las cosas que han sido hechas, es decir por las obras visibles de la creación, como la causa por su efecto. »[10]

Para ir concluyendo, he aquí tres citas de Francisco[11] que están en perfecta consonancia con los dichos inconcebibles del Superior General de los jesuitas sobre la necesidad que tendría la Iglesia de « reinterpretar a Jesús »:

« En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas. Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida. »[12]
 « No hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable. »[13]
« El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma. Tenemos que acercarnos a los conflictos sociales, a los nuevos y a los viejos, y tratar de dar una mano de consuelo, no de estigmatización y no sólo de impugnación. »[14]

Salta a la vista que estas declaraciones coinciden perfectamente con lo que sostiene el nuevo Superior General de la Compañía de Jesús, de quien transcribo a continuación otro pasaje de la entrevista:

« La Iglesia se ha desarrollado a lo largo de los siglos, no es un pedazo de hormigón. Nació, ha aprendido, ha cambiado. Por esto se hacen los concilios ecuménicos, para intentar centrar los desarrollos de la doctrina. Doctrina es una palabra que no me gusta mucho, lleva consigo la imagen de la dureza de la piedra. En cambio la realidad humana es mucho más difuminada, no es nunca blanca o negra, está en un desarrollo continuo. »[15]

Pero, a todas luces, estas palabras se hacen eco del evolucionismo teológico característico de la herejía modernista, condenada por San Pío X el 8 de septiembre de 1907 en la encíclica Pascendi, como lo prueba el pasaje siguiente de dicho documento:

« 25.[…] Hay aquí un principio general: en toda religión que viva, nada existe que no sea variable y que, por lo tanto, no deba variarse. De donde pasan a lo que en su doctrina es casi lo capital, a saber: la evolución. Si, pues, no queremos que el dogma, la Iglesia, el culto sagrado, los libros que como santos reverenciamos y aun la misma fe languidezcan con el frío de la muerte, deben sujetarse a las leyes de la evolución. No sorprenderá esto si se tiene en cuenta lo que sobre cada una de esas cosas enseñan los modernistas. Porque, puesta la ley de la evolución, hallamos descrita por ellos mismos la forma de la evolución. Y en primer lugar, en cuanto a la fe. La primitiva forma de la fe, dicen, fue rudimentaria y común para todos los hombres, porque brotaba de la misma naturaleza y vida humana. Hízola progresar la evolución vital, no por la agregación externa de nuevas formas, sino por una creciente penetración del sentimiento religioso en la conciencia. »[16]


Moraleja: Los católicos tenemos actualmente dos « Papas » en el Vaticano pero, desgraciadamente, ambos son herejes…




[5]« […]invitan a todos los hombres indistintamente, a los infieles de todo género como a los fieles de Cristo[…] Tales empresas no pueden ser aprobadas por los católicos de ninguna manera, ya que se basan sobre la teoría errónea según la cual todas las religiones son todas más o menos buenas, en el sentido de que todas, aunque de maneras diferentes, manifiestan y significan el sentimiento natural e innato que nos conduce a Dios  y nos lleva a reconocer con respeto su poder. La verdad es que los partidarios de esa teoría se extravían en pleno error, pero además, pervirtiendo la noción de la verdadera religión, la repudian […] La conclusión es clara: solidarizarse con los partidarios y los propagadores de tales doctrinas es alejarse completamente de la religión divinamente revelada. »http://es.catholic.net/op/articulos/19089/cat/703/mortalium-animos.html
[11]Para mayor información acerca de las innumerables herejías y blasfemias de Francisco, se puede consultar el libro Tres años con Francisco: la impostura bergogliana, publicado por las Editions Saint-Remi en cuatro idiomas (castellano, inglés, francés e italiano):
[12]ExhortaciónApostólicaEvangeliiGaudiumdel 24 de noviembre de 2013, § 43: https://www.aciprensa.com/Docum/evangeliigaudium.pdf
[13] Ibidem, § 129.
[14]Entrevista con  Joaquín Morales Solá el 5 de octubre de 2014 publicado en La Nación: