martes, 13 de septiembre de 2016

LA GRAN APOSTASÍA EN FOTOGRAMAS

En las últimas décadas se han escrito varias novelas en torno al tema del «Papa revolucionario»; no faltó una, poco antes de la elección de Bergoglio, que predijera la elevación de un tal Francisco I munido de un programa pauperista y demoledor de la constitución jerárquica de la Iglesia. Más atrás en el tiempo, Papini había ofrecido una ficción referida a un recién electo Papa que, enemigo secreto de Dios, tramó proferir sonoras blasfemias en la mismísima ceremonia de su coronación. Con el advenimiento de Francisco, las peores pesadillas premonitorias se revelaron obsoletas: ahora se filman ficciones papales en tiempo real, en estrecha sincronía con el ruinoso pontificado que las alienta. Se diría que la novela anticipatoria le cedió el paso a la novela de (malas) costumbres: basta sólo reflejar con ligeras adaptaciones lo que se tiene ante la vista para alcanzar con creces el objetivo desacralizante y perturbador.

Y aunque Bergoglio sea más senil que las diez plagas de Egipto, a los mercaderes de la pantalla no les costó ningún esfuerzo tomar algunos significativos rasgos de este Viejo Vizcacha en solideo para acomodarlos a su reciente creación del «Papa joven», con aditamentos que no desentonarían con Su Vulgarísima Santidad: fumar compulsivamente y calzar ojotas, entre otros.





Se trata de una serie televisiva en diez capítulos que comenzará a transmitirse en octubre próximo en el Viejo Mundo y que ya fue presentada oficialmente en el festival de cine de Venecia. Refiriéndose al director Paolo Sorrentino, la escritora Cristina Siccardi señala que éste «se limitó a recoger todo lo que ofrece la secularizada y materializada civilización occidental», superando con esta obra provocadora «tanto en fealdad como en vulgaridad y blasfemia al satírico Habemus Papam de Nanni Moretti; en ésta el Papa, que de cualquier modo había ya perdido su rol como Vicario de Cristo, era un hombre inseguro, necesitado del psicoanalista. Aquí, en cambio, estamos frente a un hombre diabólico». Se diría el consabido tránsito del liberal-catolicismo (con sus irresoluciones y su complejo de inferioridad frente al mundo) a la apostasía más cruda y manifiesta. Era sabido que el padre liberal criaba hijos bolcheviques, porque «hay flaquezas tiránicas, debilidades perversas y vencidos dignos de serlo» (Maurras).

Muy en consonancia con la machacona y universal recusación de toda autoridad dimanada de lo Alto, prosigue Siccardi, «la Iglesia es representada como un contenedor de vanidades, de poder, de fobias y de manías de grandeza [...] Miasmas de una edad en la cual el papado, de cincuenta años acá, ha renunciado siempre más a asumir su tarea fundamental: confirmar a los fieles en la fe y evangelizar a las gentes para la salvación eterna de las almas». De allí que sus enemigos, no contentos con aquella capitulación que la Jerarquía habrá reputado como signo de buena disposición para con el mundo, ahora se lancen a hacer befa de tanta política de «mano tendida». Ni más ni menos que los jihadistas, a quienes el pacifismo ajeno no hace más que excitar sus atropellos.

«No creo en Dios», dice en la serie el joven papa, para añadir de inmediato: «estoy bromeando». ¿No hemos presenciado parecidas humoradas respecto del Dios católico que «no existe», tal como no existe el «Dios spray»? Piedras lanzadas y atajadas en pleno vuelo, en un certamen de insensateces sólo igualadas por el Papa del filme, que también -como el de la acongojante realidad- insta al prójimo a pecar sin cultivar el menor sentido de culpa.

Coincidencias nada fortuitas, en fin, que alientan la opresiva sensación de espejeo, de un tête à tête entre el horror y su fantasma, de un juego orbital de tenazas entre la apostasía y la blasfemia, de un contrapunto entre el cáncer y la peste. Es hora de levantar bien alto la cabeza: nuestro auxilio no admite soluciones inmanentes.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

MEDITACIÓN DEL DOLOR VIRTUOSO

«Dios no eligió como instrumento de redención ni la belleza, ni la sabiduría, ni el genio, ni el poder, ni la gloria, ni ninguna de esas grandes cosas que los hombres persiguen y adoran y por las cuales venden sus almas, sino el dolor, que es algo oscuro, de lo cual  todos los seres huyen, y que sirve a la filosofía puramente humana como argumento contra la existencia de Dios porque no entiende su función compensadora».

Hugo Wast, Flor de durazno.



La civilización del analgésico, que se derrama en vaguedades y en reciprocidades simuladas, en retiradas ominosas de la escena del deber y en un sinfín de cortesías inanes, esta civilización, decimos, logró parir sin esfuerzo -logró sintetizar, más bien, en la glacial asepsia de sus probetas- esta raza de zombis que conviven con la muerte en todas sus formas (señaladamente con la muerte del espíritu) sin siquiera advertirlo, sin que se les escape una queja ni aquel estertor testigo del último rezago de vida que se esfuma a su pesar. Las quejas, más bien, y no por sobriedad estoica, están proscritas en el bazar universal de las distracciones, de las nulidades vinculantes. Es que las conciencias revolucionadas, pese a sus ademanes de autonomía y a su alharaca contracultural, se caracterizan por el más rígido de los conformismos. La rutinización de la actividad mental y la cristalización de ese acotadísimo patrimonio de conceptos que lleva el progre en sus alforjas termina siendo la forma más indecorosa de conservadurismo: la del que entierra el mayor de los dones recibidos (la vida del alma) para que el "progreso", si tal lo hay, pase todo por afuera (en la esfera de los accidentes). Como el bonsai, aquella técnica japonesa consistente en reducir a las especies arbóreas al enanismo merced a la poda sucesiva de sus raíces pivotantes, acá se han cortado a designio las raíces que vinculan al hombre con su nutricio sustrato histórico-cultural, con la experiencia y la sabiduría adquirida por sus predecesores -casi digamos que con todo lo que constituye la específica naturaleza humana-, para dejar apenas en pie un ser postrado en sus proyecciones, un medio hombre digno de otro nombre. Palabras más palabras menos, la paradoja ya había sido advertida por Kierkegaard al promediar el siglo XIX: los hombres se ha abocado a muchas simultáneas especialidades con trágico olvido de lo que es ser hombre.

El recorrido histórico de la gangrena, partiendo -para fijar un punto de partida- del heresiarca sajón hoy próximo a ser canonizado por la Jerarquía des-catolizante, supo trazar el curso pendular tan del gusto moderno, y del tratado De servo arbitrio, desarmante alegato en pro de la bestialización de los hábitos, se pasó a la exaltación del libre albedrío, haciendo de esta facultad humana un todo devorador, más o menos como si redujéramos al hombre a su páncreas o a sus intestinos, grabados éstos en blasones y vitoreados por toda una canalla lista a aplastar a quienes se sirvieran recordar, verbigracia, la existencia del sistema nervioso. Vemos, pues, que tanto la negación como la afirmación excluyente del libre arbitrio condujeron a idénticos resultados, tal como una moneda sirve para adquirir lo mismo así se exhiba su cara o su cruz.

El agasajo de la libertad de opción con el más conmovedor olvido de la libertad espiritual (consiguiente a la opción libre por el bien), ¿qué supone sino trocar el fin de nuestras operaciones por su condición previa, el mérito por la neutralidad de las circunstancias, la plenitud deseable por una potencialidad aún informe? Es tanta la insensatez de los que yacen en esta acre confusión como su frecuente regodeo en esta su condición transeúnte. Se trata, al fin de cuentas, de un efecto fácilmente atribuible al orgullo: aquel que impele a la recusación indefinida del objeto a instancias de la jabonosa inflación del sujeto.

Este derrotero hacia la autoextinción, esta procesión insensata y criminal, aunque viene de largo, no deja de asombrar en sus más recientes hitos a las generaciones que, prolongadamente adiestradas para el colapso, van cediendo el protagonismo de la hora a sus sucesores. Así, un socialista octogenario, en viniendo a enterarse de la separación conyugal de un joven amigo, todavía puede espantarse y musitar unas gimientes razones. «La sociedad está enferma», dice con razón y entre suspiros, aunque el diagnóstico reclame mayores precisiones, inaccesibles a esta altura al caletre moderno. Los hijos del socialista ya carecen de ese reflejo, diluyendo el drama en la sopa anestésica de su exangüe conciencia de lo real. «No hay drama»: tal la muletilla cuales sus voceadores, los mismos que pretenden hacer de los fracasos motivados por la perversa voluntad humana otros tantos hechos inexorables, como si el Creador de la naturaleza no nos hubiera concedido el don tremendo de la libertad, incluso para el mal. ¡Necios!: de esta estopa están hechos los paladines de la «lesa humanidad» que, al mismo tiempo y sin ruborizarse, son capaces de equiparar el aborto a la extirpación de un quiste. Es la fuga de la sindéresis amparada en la presunta ininteligibilidad de las cosas lo que produce estos horrores, estos monstruos de conciencia, una ética postiza y la sustitución de la bondad por el buenismo.  «La vida sigue», proclaman los que yacen muertos entre cuantiosas ruinas, e invitan a regocijarse presto a aquellos a quienes cumpliría llevar luto.

Recordemos la tremenda respuesta del Señor a Pedro cuando éste quiso disuadirlo, con humanas razones y bienintencionados rodeos, de afrontar su Pasión. Recordemos cómo aquel sorbo de vinagre mezclado con hiel que mojó sus santísimos labios en la Cruz le hizo gustar sólo su amargura, pero no así su efecto narcótico, ya que no aceptó beberlo. Si la adoración, como lo sostiene Von Hildebrand, es lo que hace al hombre capax Dei, la misma propiedad le cabe al dolor reparador. Esto es lo que le devuelve al hombre su semejanza divina, toda vez que el Hijo Unigénito supo, en su presciencia, que por esta regia vía rescataría a la estirpe prevaricadora de Adán.

Por eso Hugo Wast, a continuación del pasaje arriba citado, nos recuerda que
el dolor no es solamente instrumento de redención, sino indicio de predilección de Dios hacia alguna criatura, de tal manera que los que no sufren deben inquietarse por su desamparo y llamar a las puertas de la misericordia sin descansar, reclamando su porción de dolor como un hijo reclama su herencia legítima. Santa Ángela de Foligno nos dice con palabras inspiradas por el mismo Jesús: "aquellos a quienes yo amo, comen más cerca de mí, en mi mesa, y toman conmigo su parte en el pan de la tribulación, y beben en mi propia copa el cáliz de la pasión". ¡Pobres ciegos los que esto ignoran y se rebelan contra lo que es señal de predestinación! Por eso exclama el Eclesiastés: "¡ay de los que pierden los sufrimientos!"

¡Ay de los que dejan pasar la oportunidad de llorar a fondo! Para éstos y no para los desertores del dolor es que se ha proclamado una vibrante bienaventuranza: tal la impostergable lección olvidada por el hombre "autárquico". No por nada cunden hoy esas aberraciones orientales chapadas a la moderna que persiguen el nirvana, la ataraxia de las larvas, la ausencia del dolor al precio de la renuncia a la felicidad. Por si no bastara con esto, el pecado sigue multiplicando las penas, que son sus frutos, siendo sólo la asunción de las mismas con fines expiatorios lo que detiene la devastación debida al pecado: éste es el secreto sigilado que los cristianos no debemos olvidar en esta hora de crecientes tinieblas y amenazas inminentes, al paso que los poderes públicos ya se animan a romper a coces las puertas de los conventos de clausura y a procesar a sus madres superioras por no haber practicado la democracia en el claustro.

Según exégesis extendida entre los Santos Padres, así «como el diluvio no se verificó de repente y en un solo instante sino poco a poco, tuvieron tiempo los pecadores de pedir perdón a Dios, y [...] se sirvió el Señor del temor que tenían de la muerte para inspirarles el arrepentimiento» (artículo «Antidiluvianos». Diccionario de teología, por el abate Bergier). El Apocalipsis, en cambio, adelanta otra disposición de ánimo en quienes sufran los castigos de las postrimerías históricas: «enormes granizos -como de un talento- cayeron sobre los hombres, que blasfemaron a Dios a causa de la plaga del granizo» (16, 21). Se trata, al parecer, de conciencias cerradas a cal y canto al más leve influjo de la gracia de la conversión, para quienes el fracaso y las penas ya no obran ningún estímulo salvífico.

Lo supo un sodomita empedernido como Oscar Wilde, a quien la cárcel regeneró en hostia viviente. Lo supo un atormentado Baudelaire, que pudo transfigurar sus cuitas:

Oh Dios, bendito seas que das el sufrimiento 
como un divino díctamo de nuestra impuridad 
y como el más activo y el más puro fermento
que prepara los fuertes para la eternidad. (Versión de Castellani)

Pero nuestros coetáneos lo ignoran y quieren ignorarlo. Si hubiera un correlato filosófico del «pecado contra el Espíritu Santo» del que el Señor nos previene (Mt 12, 32), éste sería aquel contra el que Parménides advirtió sabiamente a los suyos: el del escepticismo que se niega a reconocer la verdad conocida y que disuelve el ser en el no-ser, afirmando simultáneamente una cosa y su contraria. No hace falta explicar que este caos voluntario de la mente hace imposible, de suyo, la aceptación de las verdades necesarias, ¡cuánto más la aceptación del dolor expiatorio, contra el que la prudencia de la carne tiene siempre listos sus recaudos! Es desde esta miserable perspectiva que hoy tantos patanes se conceden encaminar su proceso al cristianismo, incluyendo en la causa al logos helénico y a todo el entero edificio de nuestra cultura que, junto con la diafanidad del ser y contra su indistinción caótica, se ha dignado transmitir desde siempre estas noticias hoy asaz incómodas.

Si la cacareada "nueva evangelización" alude a los multitudinarios encuentros de jóvenes y los cancioneros litúrgicos a go-go, habrá que entender por tal fórmula una simple inversión de perspectivas, haciendo de la Iglesia la catecúmena de los misterios del mundo. Abolida, para más abundar, la noción misma de «pecado», esto no hará más que envalentonar a los impíos, que ya no reconocen en el cristiano a un oponente de temer. Iglesia y mundo se identificarán soezmente, como ya lo hacen, y no habrá necesidad de conversión, y ya ni siquiera la oportunidad cierta de sufrir ablandará los corazones de granito. En cambio, «argüir al mundo en lo relativo al pecado, a la justicia y al juicio», y hacerlo con voz precisa y clara: esto es lo que Cristo nos mandó, más que consensuar treguas con Satanás.

Y elevemos un pedido clamoroso, con miras a que algunos se salven: apúrense nuestros sacerdotes a predicarnos los novísimos antes de que lo hagan las bombas.

sábado, 27 de agosto de 2016

LA APOSTASÍA Y EL ASALTO A LOS CONVENTOS

Otro periodista que descubre América, ahora con el cabotaje inestimable de un fiscalete de provincia y con el coro de blasfemias proferidas por tantos grasientos galeotes como comentadores acuden a las noticias de los medios de prensa digitales: resulta que en el Carmelo de Nogoyá había cilicios y fustas para autoflagelarse. El tenaz apetito vejatorio no supo detenerse ni siquiera ante el absurdo, y ordenó allanamientos para encontrar los instrumentos de punición que se prescriben con profusión en los estatutos de la orden después de su reforma, desde hace más de cuatrocientos años. Para mayor sugestión de la archimaneada opinión pública, se recurrió al talismán léxico «tortura», capaz de suscitar repentinos huracanes de indignación.

La sociedad pluralista uniformó previsiblemente el juicio que la espinosa cuestión le merece: "esto no puede existir en el siglo XXI", "se trata de un resabio medieval que debe ser erradicado". ¡Sadismo! ¡sadismo! -claman los que ornan su naso o su ombligo con aretes, los adeptos a la chuza de tinta, al tatoo. Los que, encorvados por sus plúmbeos vicios, caminan como el tatoo carreta. Los mismos que fueron envenenados con sucesivas dosis del marqués de Sade disueltas hasta en la sopa: se sabe cuánto la Revolución -es decir, la modernidad- le debe a aquel endemoniado, para quien la mismísima Asamblea Revolucionaria supo proveer el oportuno calabozo, tan lejos iba en la obra de descomposición.

Y la fe católica y la práctica conventual se ven cuestionadas por una legión de fronterizos, como en esos cuadros del Bosco que exhiben el contraste entre la serena santidad de Cristo y la fealdad de la chusma circunstante. Al menos durante los primeros siglos la Iglesia tuvo que vérselas con un Celso, que compensaba su ignorancia y sus prejuicios antirreligiosos con la galanura retórica. Hoy hay que salir a explicar lo que es el ascetismo, la clausura, la reparación por los pecados ajenos a opinadores rentados, a mequetrefes metidos a acusadores, a obsesos que ven en una monjita enterrada en vida una amenaza para su satisfecha molicie.

La redada en el convento, que tiene un significativo valor como aglutinante de opiniones más o menos difundidas acerca de la inutilidad de la vida religiosa, llega como para remachar la apostasía colectiva (empleamos el término, como es justo hacerlo, en alusión a la prevaricación de todos aquellos que gozaron al menos del bautismo. Con más razón cuando se despreciaron mayores auxilios recibidos). Llega, decimos, para demarcar, como la raya de Pizarro, uno y otro rumbo contrapuestos: o al Cielo o a perderse. De allí la impropiedad del término «neopaganismo» para aludir a la deserción espiritual hoy vigente. Es de creer que la revelación primordial -por muy corrompida que estuviese a instancias de siglos de caminar de espaldas al Edén- se conservara en los lejanos siglos precristianos bajo la especie de algún resabio, lo suficiente para alentar la espera de «Aquel al que las islas esperan». Una esperanza informe, carente de la gracia habitual, pero una eficaz fuerza motriz que fue correspondida en sus mejores impulsos y que, ya cumplida la Redención, no podía sino perderse luego de perdido el inestimable don de la gracia por la defección criminal de nuestros días. Las sociedades descristianizadas perdieron tanto los efectos de la Redención como los vestigios de la revelación primera.

La apostasía no viene como por un alarde prometeico, por una especie de vigor culminante en hybris, como lo querían los adversarios de la Iglesia desde los albores o incluso los pródromos de la Revolución. La apostasía llega por infamante superficialidad, por el hábito de deglutir imágenes y palabras fatuas, por la abrumadora colección de vaciedades que el hombre contemporáneo -salvo heroico conato en contra- se ve compelido a incorporar. Por la concupiscentia carnis, concupiscentia oculorum et superbia vitae, en los más ordinarios de los términos. Se ha dicho mil y mil veces que la apostasía -personal o colectiva- llega por el ruido incesante y la falta de silencio interior. Contra la estólida tesis evolucionista (contra el evolucionismo histórico o progresismo), hoy se impone una vuelta a una «eterna Edad de Piedra», como la llama Martin Mosebach: la recuperación de una sensibilidad capaz de reconocer la forma que anima a la materia, de admitir al sacrificio como «arquetipo de toda acción» y de conformarse a la inexpugnable alteridad de todo lo real. Se trata de esto o del espíritu moderno, tan bien sintetizado por Sartre en su triste apotegma: l'enfer sont les autres.

La apostasía no es broma, ni es una fatalidad que llega contra las intenciones del sujeto. La Carta a los Hebreos, escrita con ocasión del peligro judaizante pero perfectamente aplicable a nuestros occidentes días, no se cansa de exhortar a su respecto: «debemos adherirnos con más diligencia a las enseñanzas recibidas, no sea que marchemos a la deriva»; «¿cómo podríamos escapar si descuidamos tan gran salud?»; «tememos que mientras sigue en vigor la promesa de entrar en el reposo del Señor, alguno de vosotros piense no conseguirla». Y luego, para más explicitar: «es imposible para aquellos que una vez fueron iluminados, que gustaron el don celeste, que fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, que saborearon la dulzura de la palabra de Dios y las maravillas del mundo venidero, y que a pesar de todo recayeron, renovarlos segunda vez por la penitencia, ya que de nuevo crucifican por su cuenta al Hijo de Dios y lo declaran infame», pues «si pecamos deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados sino una terrible expectación y el ardor vindicativo del fuego que consumirá a los rebeldes».

La apostasía (literalmente, la acción de ponerse «lejos de» o «en contra de» Dios) deviene, así, de la inanidad del juicio, y su gran peligro estriba en que ahoga esta facultad humana de raíz, haciéndola en adelante incapaz (salvo un verdadero milagro de orden moral) para retomar el camino perdido. La conversión del apóstata es más prodigiosa y, por ello, más improbable que la del que permanecía en la ignorancia de las verdades necesarias. La apostasía, aparte de suponer una traición, expresa un juicio contra Dios, a quien se reputa menos deseable y digno que las cosas. De ahí la acerbidad de la mirada que se vuelca sobre la religión, teniéndola por impracticable y amarga.

De nada sirve apelar a la prosa alada de santa Teresa de Ávila y a la poesía de san Juan de la Cruz, de una intensidad lírica señera en nuestra lengua: las disciplinas de los carmelitas, que aquellos practicaron con frutos tan patentes y sabrosos, será tenida por las miríadas de necios de nuestra hora como asunto de patología psíquica. En su lugar, cundirá la enésima apelación a una alegría sin espesor, como si las guerras y las devastaciones modernas no hubieran sido suficientes para disuadir a nadie acerca de las presuntas bondades del puro naturalismo a cuyos brazos se arrojaron enteras sociedades.

Que la pacatería progre lo tenga por muy cierto y comprobado: la nuestra es una religión tremenda y sobrecogedora, tanto para augurar un «todo o nada» irrevocable y sin descuentos. Y que se entere alguna vez de que la alegría del apóstata resulta de una superficialidad sólo comparable a la de su juicio. La muerte y el despojo golpean a cada instante a la puerta de esta alegría, que es una fuga mientras le queden piernas, y que más tarde o más temprano alcanza a contemplarse con horror en toda su vertiginosa vacuidad, allí cuando el mal es conocido ya sin aliños, cara a cara en su aterrorizante desnudez. Cumplido entonces todo el daño que a la paciencia del Altísimo plugo soportar, ahora el juicio invierte sus papeles, y el Juzgado se constituye en Juez. Terrible cosa es caer en las manos del Dios vivo.

viernes, 19 de agosto de 2016

¡AY MUERTE, MUERTA SEAS!

Es una banalidad peligrosa la que se ha posesionado de los hábitos de nuestros contemporáneos, remecidos por Satanás en el cernidor de las distracciones, las superfluidades y las engañifas, tan saturados de impresiones y de una ciencia tan acabada de lo epidérmico, que por esto mismo matan y mueren sin mayor conciencia del caso. El veto a la estulticia forma parte del patrimonio moral inscrito en los genes; su transgresión, tan factible como cualquier otra a expensas de la caída, no puede arrojar sino el fruto más propiamente atribuible al pecado. La muerte, pues, devenida nada menos que cultura (labranza, arte y cuidada consumación), debe corresponderle inmejorablemente a una época en que el mal campea como al desgaire, con la más inconcebible de las incurias.

¡Cuánto espesor tenía entre los paganos de la antigüedad la conciencia del pecado, aunque éste pendiera como por hilos invisibles del arbitrio de alguna divinidad como de causa eficaz y la voluntad humana cediera ímpetu e imperio al fatum! ¡Qué de gemidos llenan las estrofas de los tres mayores tragediógrafos, testimonio elocuente de un sordo deseo de redención que también conocieron, con su peculiar talante, los pueblos precolombinos -según se deduce del recibimiento dado a los descubridores-, no menos que en los pueblos del África ecuatorial en el tiempo de las primeras misiones! Eran tiempos en que se llevaba el Evangelio sin reparar en la «inculturación» del mismo, sino en dar la libertad a los cautivos del demonio, que huían confundidos a la potente voz del ministro de Dios.

Sólo donde hubo cristianismo y luego cundió la apostasía (piénsese en sociedades, piénsese en sujetos singulares) parece no medrar este deseo de redención. Y es que «el perro vuelve a su propio vómito y la cerda lavada vuelve a revolcarse en el cieno» (II Pe 2,22), y allí donde un espíritu maligno había sido expulsado entraron otros siete peores que él. El liberalismo, según es noto, trajo de todo menos la libertad. Y ablandó los caracteres, enervó los temples, sepultó las voluntades. Y dejó en su lugar un tácito nihilismo y una réplica terrestre -como un envés- del embudo infernal. Inadvertido porque aún sin llamas ni aullidos -o al menos no tan ubicuos y empinados-, con refocilante embotamiento sensorial como para reservar a sus presas para peores ulteriores días.

La cultura de la muerte reviste múltiples facetas y es pródiga en símbolos (no hablamos del aborto, el tráfico de armas y la delincuencia desatada, todos suficientemente alusivos a la sangre como para ser tomados con mero valor de analogía). La disolución de las familias, fenómeno de muerte si los hay, entra de lleno en su circuito semántico. Y la disipación del seso que, como apuntado más arriba, concurre como causa de la expansión necrótica. Cuando Martín Fierro mató al moreno, sabiéndose corrido por la policía de campaña como por otras tantas erinnias, se fue al desierto, que es imagen de la expiación. Hasta del hosco abuelito de Heidi comentaban los lugareños que su retiro montañés estaba motivado por haberle dado muerte a un hombre. La cifras del aborto quirúrgico en la Argentina trepan, desde hace 30 años ininterrumpidos, a quinientos mil anuales (lo que permite deducir que, sobre una población femenina de poco más de veinte millones, cerca de una tercera parte le dio muerte al hijo por nacer), lo que no obsta para que la inmensa mayoría de las filicidas vivan una vida aparentemente normal, circulen por la calle y hasta se detengan a tomar un helado en la vereda en los meses cálidos, entre bromas con las vecinas. Se ha omitido la penitencia, se ha hecho como si nada, y con esto se ha abierto la puerta a todas las calamidades.

«No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto», dijo a su tiempo el profeta de Moloch, a quien sólo la distracción universal -incluida la de los cardenales de la Santa Romana Iglesia- pudo consentirle tan inopinada potestad. La vida sigue, aunque envenenada, y todo lo que tocan nuestros contemporáneos se vuelve estéril y mustio, desde la escuela hasta la política. ¡Muerte desmesurada, matases a ti sola!, clamó el poeta, y hoy no sabríamos cómo ritmar su desazón. Pende una pesada maldición sobre esta estirpe.    
                                                                                                                     

miércoles, 10 de agosto de 2016

AMISTADES TURBADORAS, CON TURBANTE

Al final, la prepotencia musulmana encontró la ocasión -bah, era del todo previsible- de asociar explícitamente a Francisco a sus bravatas. Ya no bastaba el cinismo de los mismos "refugiados" proclamando a voz en cuello, en el corazón mismo del acogedor suelo occidental, la realidad de las estadísticas que hablan de la irreversible expansión demográfica muslim en una Europa cada vez más estéril en hijos (y la consecuente advertencia de que francesas y alemanas serían generosamente acogidas en el harem); ya no era menester desafiar con arrogancia a los anfitriones enrostrándoles su molicie y apocamiento, al punto de osar arrancarle a un fraile el crucifijo del cuello en plena vía pública, sin recibir de los testigos del hecho la justa reprimenda. Ahora los esbirros de Mahomete son capaces de entrar a una iglesia y extender su alfombra para orarle a Allah, apelando para ello a la venia del Obispo-vestido-de-blanco: «el Papa nos ha dado permiso», dicen, jactanciosos.

Hasta el más distraído de los pastores trashumantes del desierto, de esos que detienen de tanto en tanto la marcha de sus rebaños para rezar en dirección a La Meca, sabe que debe evitarles a sus ovejas el comer ciertas hierbas tóxicas y, en caso de darse algún caso de ingesta accidental, sabe cómo acudir a normalizadores gástricos o antídotos que el mismo medio natural le provee. Pero los pastores de la iglesia conciliar (esta denominación la inauguró el mismo sustituto de la Secretaría de Estado del papa Paulo VI, monseñor Giovanni Benelli. Vid. aquí) han alimentado a sus greyes con ponzoña, y no han buscado redimirlas de su creciente debilitamiento sino con renovadas dosis del mismo veneno que las postró. Consten, como indecoroso botón de muestra de lo dicho, las recientes declaraciones del episcopado argentino, condenando la corrupción política no por destruir el bien común ni la felicidad social, sino por destruir «la democracia».

Ya en sus días Juan Pablo II había instado a los fieles a «estudiar el Corán», no sabemos si con el propósito de conocerlo más para mejor rebatirlo o quizás para que los católicos hallaran improbables confluencias con los muslimes en la «adoración al mismo Dios» (sic). Los poderes públicos de la Europa laicista, tan reacios a admitir sugerencias del poder eclesiástico, se muestran hoy dispuestos a seguir la admonición del Magno, instaurando para ello cátedras obligatorias de Corán en las escuelas secundarias. El caso es que nuestros jerarcas, a la par que nuestros gobernantes, parecen no haber recalado nunca en aquel capítulo 13 del Eclesiástico que advierte acerca de la importunidad de estrechar ciertos vínculos reñidos con la naturaleza de las cosas: «el que toca la pez, se mancha», o bien «¿cómo juntar la olla de barro con la caldera? Ésta chocará con aquélla y se quebrará», no menos que «¿cómo se podrían juntar el lobo y el cordero? Lo mismo sería unir al impío con el justo». El refranero, que en tiempos más felices asomaba por la boca de los sencillos, supo sintetizarlo en memorable sentencia: cada oveja con su pareja. Es lo que Aristóteles precisó acerca de la homoiosis o igualdad que cumple haber entre amigos: «toda amistad se apoya en una semejanza». ¿Cuál podría haber entre quienes afirman la divinidad de Cristo y quienes la niegan como a una ocurrencia blasfema?

Atar nudos imposibles debía ser la tarea y el convite de estas conciencias revolucionadas, siempre fatalmente desconocedoras de la naturaleza humana y de las leyes que gobiernan la realidad moral, la realidad. No es para ellos que se recogieron alguna vez aquellas máximas sapienciales -lo que no los habilita, por cierto, a abrir las puertas de nuestros templos asaz vejados por la contaminación modernista para que ahora sean transformados en establos a instancias de los de la medialuna. ¿Es la hora, tal vez, de reflotar aquella rechazada tesis del "Anticristo colectivo", recordando que la Cristiandad medieval reservó el nombre de «falso profeta» a Mahoma (y, por consiguiente, a la marea musulmana)? Si la figura de la Bestia política podría concordar con la masonería y el sionismo, fuertemente sospechadas de estar detrás de la migración masiva de mahometanos al Viejo Mundo, ¿con quién habría que asociar a la Gran Prostituta que, merced al pan-ecumenismo ampliamente predicado, se acuesta con los de la cimitarra, con los circuncisos, con los más rabiosos ateos y con quien viniere a caso?

Si la iglesia conciliar no estuviera abocada a su autodestrucción, atendería las enseñanzas de aquel eximio doctor de la Iglesia católica que fue san Francisco de Sales, cuyo juicio en lo tocante a las amistades ilícitas suponía una triple imperiosa actitud de distanciamiento, que el santo sintetizó en la triple orden «rompe, corta, rasga». El Zote coronado, siempre tan adscrito a los más infames aspavientos propios de la sobrecivilización, advierte, en cambio, que no hay "violencia islámica" sino más bien una "violencia católica" reconocible en los incidentes domésticos de bautizados que acaso no hayan concurrido nunca a Misa. No hay necesidad de decir más. La próxima palabra, como en hitos crecientes de una conquista anunciada, la dirán los yihadistas. Que odian a la Gran Prostituta y no creen en sus remilgos, y que -confundiéndola con la Iglesia de Cristo- la despellejarán al modo en que lo hizo don Quijote en la célebre aventura de los odres. Ellos serán -a su homicida modo, atizados por los verdaderos dueños de la escena, los del mandil a buen recaudo- los que apliquen el triple expediente del de Sales.

lunes, 1 de agosto de 2016

UNA AUDAZ PETICIÓN A LOS CARDENALES

Una caída estrepitosa no es nada, al fin de cuentas, en el teatro de diversiones en que ha devenido el mundo. Con ochenta años a cuestas y esos fastidiosos paramentos, con el turíbulo en ristre para sofocar a los circunstantes, la caída de Francisco no sorprendería si no fuera ésta la segunda vez que da con su humanidad por el suelo en pocos meses, ambas ante sendos significativos iconos de la Virgen (la de Guadalupe, en México, y la de Czestochowa, en Polonia). Esto último dio lugar a no pocas suspicacias entre católicos debidamente hastiados con Bergoglio, que ven tales desplomes como otros tantos signos, dos más entre los muchos que se prodigaron desde la caída del rayo sobre la cúpula de San Pedro el mismo día en que Benedicto XVI anunció su renuncia. Signos promisorios esta vez, obrados ante la faz de Aquella que fue llamada «vencedora de todas las herejías», Aquella capaz de poner en fuga a los demonios.

Mucha más monta tienen, en rigor, los diecinueve tropiezos contantes y sonantes que un grupo de teólogos, estudiosos y profesores de todo el mundo han reconocido en la Amoris Laetitia puestos ante el insufrible texto, pudiendo -ellos así lo aclaran- estirarse mucho más el número de los dislates («las censuras no tienen la intención de ser una lista exhaustiva de los errores que la Amoris laetitia contiene a la luz de una lectura obvia; más bien procuran identificar las peores amenazas a la fe y a la moral católicas contenidas en el documento»). El caso es que surgió de éstos la valiosa iniciativa de dirigir al cardenal Angelo Sodano, decano del Sacro Colegio, y a los restantes 218 cardenales, un documento de trece páginas disponible en seis idiomas para que los purpurados, a fuer de consejeros oficiales del Pontífice, insten a éste a «repudiar los errores presentes en el documento de manera definitiva y final» y a «declarar autoritativamente que no es necesario que los creyentes crean lo que se afirma en la Amoris Laetitia». 


«El problema de la Amoris laetitia no estriba en que haya impuesto normas legalmente vinculantes que resultan intrínsecamente injustas o que haya impartido con autoridad enseñanzas vinculantes que son falsas. El documento no tiene autoridad para promulgar normas injustas o para exigir el asentimiento a enseñanzas falaces porque el Papa no tiene el poder de hacer esto. El problema con el documento es que puede corromper a los católicos induciéndolos a creer lo que es falso y a hacer lo que está prohibido por la ley divina», señala el texto que encabeza la lista de las diecinueve proposiciones condenadas, a todas las cuales se les adjunta una doble censura teológica, una según sus contenidos específicos y la otra según los efectos nocivos de las mismas. Así, y en una salutífera vuelta al vocabulario que usara antaño la Iglesia para impedir la propagación del tifus de los espíritus (esto hasta que Juan XXIII decretó que los errores se combatían eficazmente a sí mismos y que la verdad era capaz de triunfar a instancias del teológico laissez faire), cada proposición va tachada con la calificación de haeretica, sacrae Scripturae contraria, de erronea in fide y aun de scandalosa, prava, perversa, impia, blasphema. El texto completo, en inglés, puede leerse aquí. La carta que lo acompaña, dirigida al cardenal Sodano con las 45 firmas al pie, consta aquí.

Es de esperar -como así han de saberlo los firmantes de la apelación- que una gran parte del Colegio Cardenalicio guarde un silencio granítico sobre la urticante cuestión. Pero también creemos que puede urgir a pronunciarse al menos a esos pocos purpurados que, puestos en la encrucijada, no admitan seguir evadiendo su responsabilidad cuando quienes les cascotean el rancho (varios de los cuales son orbitalmente reconocidos en el mundo intelectual católico) exponen su nombre y apellido, con el consabido riesgo de sufrir represalias a instancias de un pontífice -o de cualquiera de sus satélites- que ha demostrado el recelo y la propensión a la venganza propios de un Calígula.

Lo dice uno de los audaces remitentes de la súplica: luego de haber agotado todas las instancias posibles en esto de denunciar los desvíos y de requerir la necesaria rectificación (recibiendo de Bergoglio apenas el desdén, la befa más o menos elíptica o el más insultante de los silencios), será hora de «empezar a estudiar la  solución representada por la salida del obstinado Bergoglio del Sacro Solio, por deposición o mejor aún por abdicación, revisando la cuestión del así llamado "semi-conciliarismo" (es decir, de cómo la pars sanior del Sacro Colegio pueda quitarle la confianza al Papa sin deponerlo formalmente, sancionándolo con una censura de tipo ético). Esta última hipótesis representaría la "solución más radical", impuesta por el estado de necesidad gravísimo en el que se debate la Iglesia».



jueves, 28 de julio de 2016

NADAR ENTRE LAS HECES

«Los atletas nadarán literalmente en mierda humana», asevera sin medias tintas el New York Times a propósito de los venideros Juegos Olímpicos a celebrarse en Río de Janeiro, en cuya bahía las aguas residuales vierten sin la suficiente depuración, para grave riesgo de la salud de los participantes en las disciplinas acuáticas. Es una postal altamente simbólica de los tiempos que corren, en que la avidez de lucro y de diversiones no admite rémoras, aunque éstas versen sobre las garantías necesarias para que un beneficio sea gozado en toda regla. Es que, como lo supo el Aquinate, «la concupiscencia del fin siempre es infinita», lo que, aplicado a la apostasía de las naciones, nos ilustra cuánto la sustitución del fin último sobrenatural por un fin inmanente de bajo calibre puede enloquecer el ánimo de los hombres en su consecución, consintiéndoles atropellos y torpezas de otro modo inexplicables, que acaban conspirando contra el mismo fin que se persigue.

El caso recuerda aquel breve fragmento que Dante dedica a los lisonjeros (Inf. XVIII, 100 ss.), que asoman a duras penas sus jadeantes hocicos entre un mar de estiércol:
vidi gente attuffata in uno sterco
que dalli uman privadi parea mosso
con un viejo conocido del poeta que erguía la calva tan nimbada de mierda que no se sabía si no se trataba de un tonsurado.

Admitamos pues, a instancias del numen dantesco, un simbolismo más profundo para el fétido escenario olímpico de Río, recordando para ello que -al menos desde Aristófanes y Tucídides- democracia significa «lisonja», esto es, condescendencia interesada para con las masas que aportan el sufragio y, por lo mismo, mentira y cálculo en la cosa pública. Pues nadie negará que la democracia, blasonada a diestra y siniestra, invocada de consuno por el capitalismo y el marxismo, constituye algo así como la palabra clave en la cosmovisión política del último siglo, aquel ídolo destinado en los discursos oficiosos a ser "consolidado", "fortalecido", o bien "instaurado" cuando no estuviera en vigencia. Ni hay flechas que la atraviesen -intocable por decreto- más que su propio elocuente fracaso, que junto con el dialecticismo más inane y la retórica de enanos le son tan estrechamente familiares.

Esta lisonja programática, este culto sacrílego del hombre condensado en el demencial dogma de la soberanía popular, no ha servido al cabo sino para abrir las compuertas de todas las letrinas, arrollando la vida moral de individuos y comunidades con todos los detritus que la humana estirpe podía ser capaz de producir y poner a fermentar. No es menester abundar en ejemplos, que a ojos vista se nos imponen. Tal la caída en picada de la dignidad humana, y a despecho de la temática elegida -que puede ser de lo más variopinta-, no hay casi palabra impresa que no se adscriba en espíritu a la escatografía ni discurso político o episcopal que no ronde la coprolalia según su valor intrínseco, según su flaco mérito. Ni era dable esperar que la degradación consentida condujera a las naciones más alto que esto, que es lo más bajo que pueda concebirse en este mundo -a excepción de los ínferos, ultraterrenos por definición.

La lengua griega supo distinguir sin dificultad el skatós de lo ésjaton como términos pertenecientes a campos semánticos muy distintos. Nuestro castellano, a diferencia de otras lenguas modernas, descuidó esta obvia distinción, dotando al término «escatología» de una valencia ambigua. A veces, contemplando y sufriendo el horror de un mundo dejado de la mano de Dios, nos parece providencial esta confusión. Si los cielos y la tierra actuales «están guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los impíos» (II Pe 3, 7: tales, en rigor, sus «ultimidades»), nada obsta para que las «penultimidades» supongan el incontrastable imperio de lo vil y lo abyecto, como se deduce del exasperante magisterio de Francisco y de la deriva ciega de la barca de la Iglesia. Que, a la hora gloriosa de sumar un nuevo mártir en sus filas, como en el caso del sacerdote francés degollado por yihadistas, no se sabe si murió in odium fidei o en simple paga a su confusión ecuménica, viniendo a saberse que en el año 2000 había donado una parcela perteneciente a su parroquia para la construcción de una mezquita.