sábado, 27 de agosto de 2016

LA APOSTASÍA Y EL ASALTO A LOS CONVENTOS

Otro periodista que descubre América, ahora con el cabotaje inestimable de un fiscalete de provincia y con el coro de blasfemias proferidas por tantos grasientos galeotes como comentadores acuden a las noticias de los medios de prensa digitales: resulta que en el Carmelo de Nogoyá había cilicios y fustas para autoflagelarse. El tenaz apetito vejatorio no supo detenerse ni siquiera ante el absurdo, y ordenó allanamientos para encontrar los instrumentos de punición que se prescriben con profusión en los estatutos de la orden después de su reforma, desde hace más de cuatrocientos años. Para mayor sugestión de la archimaneada opinión pública, se recurrió al talismán léxico «tortura», capaz de suscitar repentinos huracanes de indignación.

La sociedad pluralista uniformó previsiblemente el juicio que la espinosa cuestión le merece: "esto no puede existir en el siglo XXI", "se trata de un resabio medieval que debe ser erradicado". ¡Sadismo! ¡sadismo! -claman los que ornan su naso o su ombligo con aretes, los adeptos a la chuza de tinta, al tatoo. Los que, encorvados por sus plúmbeos vicios, caminan como el tatoo carreta. Los mismos que fueron envenenados con sucesivas dosis del marqués de Sade disueltas hasta en la sopa: se sabe cuánto la Revolución -es decir, la modernidad- le debe a aquel endemoniado, para quien la mismísima Asamblea Revolucionaria supo proveer el oportuno calabozo, tan lejos iba en la obra de descomposición.

Y la fe católica y la práctica conventual se ven cuestionadas por una legión de fronterizos, como en esos cuadros del Bosco que exhiben el contraste entre la serena santidad de Cristo y la fealdad de la chusma circunstante. Al menos durante los primeros siglos la Iglesia tuvo que vérselas con un Celso, que compensaba su ignorancia y sus prejuicios antirreligiosos con la galanura retórica. Hoy hay que salir a explicar lo que es el ascetismo, la clausura, la reparación por los pecados ajenos a opinadores rentados, a mequetrefes metidos a acusadores, a obsesos que ven en una monjita enterrada en vida una amenaza para su satisfecha molicie.

La redada en el convento, que tiene un significativo valor como aglutinante de opiniones más o menos difundidas acerca de la inutilidad de la vida religiosa, llega como para remachar la apostasía colectiva (empleamos el término, como es justo hacerlo, en alusión a la prevaricación de todos aquellos que gozaron al menos del bautismo. Con más razón cuando se despreciaron mayores auxilios recibidos). Llega, decimos, para demarcar, como la raya de Pizarro, uno y otro rumbo contrapuestos: o al Cielo o a perderse. De allí la impropiedad del término «neopaganismo» para aludir a la deserción espiritual hoy vigente. Es de creer que la revelación primordial -por muy corrompida que estuviese a instancias de siglos de caminar de espaldas al Edén- se conservara en los lejanos siglos precristianos bajo la especie de algún resabio, lo suficiente para alentar la espera de «Aquel al que las islas esperan». Una esperanza informe, carente de la gracia habitual, pero una eficaz fuerza motriz que fue correspondida en sus mejores impulsos y que, ya cumplida la Redención, no podía sino perderse luego de perdido el inestimable don de la gracia por la defección criminal de nuestros días. Las sociedades descristianizadas perdieron tanto los efectos de la Redención como los vestigios de la revelación primera.

La apostasía no viene como por un alarde prometeico, por una especie de vigor culminante en hybris, como lo querían los adversarios de la Iglesia desde los albores o incluso los pródromos de la Revolución. La apostasía llega por infamante superficialidad, por el hábito de deglutir imágenes y palabras fatuas, por la abrumadora colección de vaciedades que el hombre contemporáneo -salvo heroico conato en contra- se ve compelido a incorporar. Por la concupiscentia carnis, concupiscentia oculorum et superbia vitae, en los más ordinarios de los términos. Se ha dicho mil y mil veces que la apostasía -personal o colectiva- llega por el ruido incesante y la falta de silencio interior. Contra la estólida tesis evolucionista (contra el evolucionismo histórico o progresismo), hoy se impone una vuelta a una «eterna Edad de Piedra», como la llama Martin Mosebach: la recuperación de una sensibilidad capaz de reconocer la forma que anima a la materia, de admitir al sacrificio como «arquetipo de toda acción» y de conformarse a la inexpugnable alteridad de todo lo real. Se trata de esto o del espíritu moderno, tan bien sintetizado por Sartre en su triste apotegma: l'enfer sont les autres.

La apostasía no es broma, ni es una fatalidad que llega contra las intenciones del sujeto. La Carta a los Hebreos, escrita con ocasión del peligro judaizante pero perfectamente aplicable a nuestros occidentes días, no se cansa de exhortar a su respecto: «debemos adherirnos con más diligencia a las enseñanzas recibidas, no sea que marchemos a la deriva»; «¿cómo podríamos escapar si descuidamos tan gran salud?»; «tememos que mientras sigue en vigor la promesa de entrar en el reposo del Señor, alguno de vosotros piense no conseguirla». Y luego, para más explicitar: «es imposible para aquellos que una vez fueron iluminados, que gustaron el don celeste, que fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, que saborearon la dulzura de la palabra de Dios y las maravillas del mundo venidero, y que a pesar de todo recayeron, renovarlos segunda vez por la penitencia, ya que de nuevo crucifican por su cuenta al Hijo de Dios y lo declaran infame», pues «si pecamos deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados sino una terrible expectación y el ardor vindicativo del fuego que consumirá a los rebeldes».

La apostasía (literalmente, la acción de ponerse «lejos de» o «en contra de» Dios) deviene, así, de la inanidad del juicio, y su gran peligro estriba en que ahoga esta facultad humana de raíz, haciéndola en adelante incapaz (salvo un verdadero milagro de orden moral) para retomar el camino perdido. La conversión del apóstata es más prodigiosa y, por ello, más improbable que la del que permanecía en la ignorancia de las verdades necesarias. La apostasía, aparte de suponer una traición, expresa un juicio contra Dios, a quien se reputa menos deseable y digno que las cosas. De ahí la acerbidad de la mirada que se vuelca sobre la religión, teniéndola por impracticable y amarga.

De nada sirve apelar a la prosa alada de santa Teresa de Ávila y a la poesía de san Juan de la Cruz, de una intensidad lírica señera en nuestra lengua: las disciplinas de los carmelitas, que aquellos practicaron con frutos tan patentes y sabrosos, será tenida por las miríadas de necios de nuestra hora como asunto de patología psíquica. En su lugar, cundirá la enésima apelación a una alegría sin espesor, como si las guerras y las devastaciones modernas no hubieran sido suficientes para disuadir a nadie acerca de las presuntas bondades del puro naturalismo a cuyos brazos se arrojaron enteras sociedades.

Que la pacatería progre lo tenga por muy cierto y comprobado: la nuestra es una religión tremenda y sobrecogedora, tanto para augurar un «todo o nada» irrevocable y sin descuentos. Y que se entere alguna vez de que la alegría del apóstata resulta de una superficialidad sólo comparable a la de su juicio. La muerte y el despojo golpean a cada instante a la puerta de esta alegría, que es una fuga mientras le queden piernas, y que más tarde o más temprano alcanza a contemplarse con horror en toda su vertiginosa vacuidad, allí cuando el mal es conocido ya sin aliños, cara a cara en su aterrorizante desnudez. Cumplido entonces todo el daño que a la paciencia del Altísimo plugo soportar, ahora el juicio invierte sus papeles, y el Juzgado se constituye en Juez. Terrible cosa es caer en las manos del Dios vivo.

viernes, 19 de agosto de 2016

¡AY MUERTE, MUERTA SEAS!

Es una banalidad peligrosa la que se ha posesionado de los hábitos de nuestros contemporáneos, remecidos por Satanás en el cernidor de las distracciones, las superfluidades y las engañifas, tan saturados de impresiones y de una ciencia tan acabada de lo epidérmico, que por esto mismo matan y mueren sin mayor conciencia del caso. El veto a la estulticia forma parte del patrimonio moral inscrito en los genes; su transgresión, tan factible como cualquier otra a expensas de la caída, no puede arrojar sino el fruto más propiamente atribuible al pecado. La muerte, pues, devenida nada menos que cultura (labranza, arte y cuidada consumación), debe corresponderle inmejorablemente a una época en que el mal campea como al desgaire, con la más inconcebible de las incurias.

¡Cuánto espesor tenía entre los paganos de la antigüedad la conciencia del pecado, aunque éste pendiera como por hilos invisibles del arbitrio de alguna divinidad como de causa eficaz y la voluntad humana cediera ímpetu e imperio al fatum! ¡Qué de gemidos llenan las estrofas de los tres mayores tragediógrafos, testimonio elocuente de un sordo deseo de redención que también conocieron, con su peculiar talante, los pueblos precolombinos -según se deduce del recibimiento dado a los descubridores-, no menos que en los pueblos del África ecuatorial en el tiempo de las primeras misiones! Eran tiempos en que se llevaba el Evangelio sin reparar en la «inculturación» del mismo, sino en dar la libertad a los cautivos del demonio, que huían confundidos a la potente voz del ministro de Dios.

Sólo donde hubo cristianismo y luego cundió la apostasía (piénsese en sociedades, piénsese en sujetos singulares) parece no medrar este deseo de redención. Y es que «el perro vuelve a su propio vómito y la cerda lavada vuelve a revolcarse en el cieno» (II Pe 2,22), y allí donde un espíritu maligno había sido expulsado entraron otros siete peores que él. El liberalismo, según es noto, trajo de todo menos la libertad. Y ablandó los caracteres, enervó los temples, sepultó las voluntades. Y dejó en su lugar un tácito nihilismo y una réplica terrestre -como un envés- del embudo infernal. Inadvertido porque aún sin llamas ni aullidos -o al menos no tan ubicuos y empinados-, con refocilante embotamiento sensorial como para reservar a sus presas para peores ulteriores días.

La cultura de la muerte reviste múltiples facetas y es pródiga en símbolos (no hablamos del aborto, el tráfico de armas y la delincuencia desatada, todos suficientemente alusivos a la sangre como para ser tomados con mero valor de analogía). La disolución de las familias, fenómeno de muerte si los hay, entra de lleno en su circuito semántico. Y la disipación del seso que, como apuntado más arriba, concurre como causa de la expansión necrótica. Cuando Martín Fierro mató al moreno, sabiéndose corrido por la policía de campaña como por otras tantas erinnias, se fue al desierto, que es imagen de la expiación. Hasta del hosco abuelito de Heidi comentaban los lugareños que su retiro montañés estaba motivado por haberle dado muerte a un hombre. La cifras del aborto quirúrgico en la Argentina trepan, desde hace 30 años ininterrumpidos, a quinientos mil anuales (lo que permite deducir que, sobre una población femenina de poco más de veinte millones, cerca de una tercera parte le dio muerte al hijo por nacer), lo que no obsta para que la inmensa mayoría de las filicidas vivan una vida aparentemente normal, circulen por la calle y hasta se detengan a tomar un helado en la vereda en los meses cálidos, entre bromas con las vecinas. Se ha omitido la penitencia, se ha hecho como si nada, y con esto se ha abierto la puerta a todas las calamidades.

«No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto», dijo a su tiempo el profeta de Moloch, a quien sólo la distracción universal -incluida la de los cardenales de la Santa Romana Iglesia- pudo consentirle tan inopinada potestad. La vida sigue, aunque envenenada, y todo lo que tocan nuestros contemporáneos se vuelve estéril y mustio, desde la escuela hasta la política. ¡Muerte desmesurada, matases a ti sola!, clamó el poeta, y hoy no sabríamos cómo ritmar su desazón. Pende una pesada maldición sobre esta estirpe.    
                                                                                                                     

miércoles, 10 de agosto de 2016

AMISTADES TURBADORAS, CON TURBANTE

Al final, la prepotencia musulmana encontró la ocasión -bah, era del todo previsible- de asociar explícitamente a Francisco a sus bravatas. Ya no bastaba el cinismo de los mismos "refugiados" proclamando a voz en cuello, en el corazón mismo del acogedor suelo occidental, la realidad de las estadísticas que hablan de la irreversible expansión demográfica muslim en una Europa cada vez más estéril en hijos (y la consecuente advertencia de que francesas y alemanas serían generosamente acogidas en el harem); ya no era menester desafiar con arrogancia a los anfitriones enrostrándoles su molicie y apocamiento, al punto de osar arrancarle a un fraile el crucifijo del cuello en plena vía pública, sin recibir de los testigos del hecho la justa reprimenda. Ahora los esbirros de Mahomete son capaces de entrar a una iglesia y extender su alfombra para orarle a Allah, apelando para ello a la venia del Obispo-vestido-de-blanco: «el Papa nos ha dado permiso», dicen, jactanciosos.

Hasta el más distraído de los pastores trashumantes del desierto, de esos que detienen de tanto en tanto la marcha de sus rebaños para rezar en dirección a La Meca, sabe que debe evitarles a sus ovejas el comer ciertas hierbas tóxicas y, en caso de darse algún caso de ingesta accidental, sabe cómo acudir a normalizadores gástricos o antídotos que el mismo medio natural le provee. Pero los pastores de la iglesia conciliar (esta denominación la inauguró el mismo sustituto de la Secretaría de Estado del papa Paulo VI, monseñor Giovanni Benelli. Vid. aquí) han alimentado a sus greyes con ponzoña, y no han buscado redimirlas de su creciente debilitamiento sino con renovadas dosis del mismo veneno que las postró. Consten, como indecoroso botón de muestra de lo dicho, las recientes declaraciones del episcopado argentino, condenando la corrupción política no por destruir el bien común ni la felicidad social, sino por destruir «la democracia».

Ya en sus días Juan Pablo II había instado a los fieles a «estudiar el Corán», no sabemos si con el propósito de conocerlo más para mejor rebatirlo o quizás para que los católicos hallaran improbables confluencias con los muslimes en la «adoración al mismo Dios» (sic). Los poderes públicos de la Europa laicista, tan reacios a admitir sugerencias del poder eclesiástico, se muestran hoy dispuestos a seguir la admonición del Magno, instaurando para ello cátedras obligatorias de Corán en las escuelas secundarias. El caso es que nuestros jerarcas, a la par que nuestros gobernantes, parecen no haber recalado nunca en aquel capítulo 13 del Eclesiástico que advierte acerca de la importunidad de estrechar ciertos vínculos reñidos con la naturaleza de las cosas: «el que toca la pez, se mancha», o bien «¿cómo juntar la olla de barro con la caldera? Ésta chocará con aquélla y se quebrará», no menos que «¿cómo se podrían juntar el lobo y el cordero? Lo mismo sería unir al impío con el justo». El refranero, que en tiempos más felices asomaba por la boca de los sencillos, supo sintetizarlo en memorable sentencia: cada oveja con su pareja. Es lo que Aristóteles precisó acerca de la homoiosis o igualdad que cumple haber entre amigos: «toda amistad se apoya en una semejanza». ¿Cuál podría haber entre quienes afirman la divinidad de Cristo y quienes la niegan como a una ocurrencia blasfema?

Atar nudos imposibles debía ser la tarea y el convite de estas conciencias revolucionadas, siempre fatalmente desconocedoras de la naturaleza humana y de las leyes que gobiernan la realidad moral, la realidad. No es para ellos que se recogieron alguna vez aquellas máximas sapienciales -lo que no los habilita, por cierto, a abrir las puertas de nuestros templos asaz vejados por la contaminación modernista para que ahora sean transformados en establos a instancias de los de la medialuna. ¿Es la hora, tal vez, de reflotar aquella rechazada tesis del "Anticristo colectivo", recordando que la Cristiandad medieval reservó el nombre de «falso profeta» a Mahoma (y, por consiguiente, a la marea musulmana)? Si la figura de la Bestia política podría concordar con la masonería y el sionismo, fuertemente sospechadas de estar detrás de la migración masiva de mahometanos al Viejo Mundo, ¿con quién habría que asociar a la Gran Prostituta que, merced al pan-ecumenismo ampliamente predicado, se acuesta con los de la cimitarra, con los circuncisos, con los más rabiosos ateos y con quien viniere a caso?

Si la iglesia conciliar no estuviera abocada a su autodestrucción, atendería las enseñanzas de aquel eximio doctor de la Iglesia católica que fue san Francisco de Sales, cuyo juicio en lo tocante a las amistades ilícitas suponía una triple imperiosa actitud de distanciamiento, que el santo sintetizó en la triple orden «rompe, corta, rasga». El Zote coronado, siempre tan adscrito a los más infames aspavientos propios de la sobrecivilización, advierte, en cambio, que no hay "violencia islámica" sino más bien una "violencia católica" reconocible en los incidentes domésticos de bautizados que acaso no hayan concurrido nunca a Misa. No hay necesidad de decir más. La próxima palabra, como en hitos crecientes de una conquista anunciada, la dirán los yihadistas. Que odian a la Gran Prostituta y no creen en sus remilgos, y que -confundiéndola con la Iglesia de Cristo- la despellejarán al modo en que lo hizo don Quijote en la célebre aventura de los odres. Ellos serán -a su homicida modo, atizados por los verdaderos dueños de la escena, los del mandil a buen recaudo- los que apliquen el triple expediente del de Sales.

lunes, 1 de agosto de 2016

UNA AUDAZ PETICIÓN A LOS CARDENALES

Una caída estrepitosa no es nada, al fin de cuentas, en el teatro de diversiones en que ha devenido el mundo. Con ochenta años a cuestas y esos fastidiosos paramentos, con el turíbulo en ristre para sofocar a los circunstantes, la caída de Francisco no sorprendería si no fuera ésta la segunda vez que da con su humanidad por el suelo en pocos meses, ambas ante sendos significativos iconos de la Virgen (la de Guadalupe, en México, y la de Czestochowa, en Polonia). Esto último dio lugar a no pocas suspicacias entre católicos debidamente hastiados con Bergoglio, que ven tales desplomes como otros tantos signos, dos más entre los muchos que se prodigaron desde la caída del rayo sobre la cúpula de San Pedro el mismo día en que Benedicto XVI anunció su renuncia. Signos promisorios esta vez, obrados ante la faz de Aquella que fue llamada «vencedora de todas las herejías», Aquella capaz de poner en fuga a los demonios.

Mucha más monta tienen, en rigor, los diecinueve tropiezos contantes y sonantes que un grupo de teólogos, estudiosos y profesores de todo el mundo han reconocido en la Amoris Laetitia puestos ante el insufrible texto, pudiendo -ellos así lo aclaran- estirarse mucho más el número de los dislates («las censuras no tienen la intención de ser una lista exhaustiva de los errores que la Amoris laetitia contiene a la luz de una lectura obvia; más bien procuran identificar las peores amenazas a la fe y a la moral católicas contenidas en el documento»). El caso es que surgió de éstos la valiosa iniciativa de dirigir al cardenal Angelo Sodano, decano del Sacro Colegio, y a los restantes 218 cardenales, un documento de trece páginas disponible en seis idiomas para que los purpurados, a fuer de consejeros oficiales del Pontífice, insten a éste a «repudiar los errores presentes en el documento de manera definitiva y final» y a «declarar autoritativamente que no es necesario que los creyentes crean lo que se afirma en la Amoris Laetitia». 


«El problema de la Amoris laetitia no estriba en que haya impuesto normas legalmente vinculantes que resultan intrínsecamente injustas o que haya impartido con autoridad enseñanzas vinculantes que son falsas. El documento no tiene autoridad para promulgar normas injustas o para exigir el asentimiento a enseñanzas falaces porque el Papa no tiene el poder de hacer esto. El problema con el documento es que puede corromper a los católicos induciéndolos a creer lo que es falso y a hacer lo que está prohibido por la ley divina», señala el texto que encabeza la lista de las diecinueve proposiciones condenadas, a todas las cuales se les adjunta una doble censura teológica, una según sus contenidos específicos y la otra según los efectos nocivos de las mismas. Así, y en una salutífera vuelta al vocabulario que usara antaño la Iglesia para impedir la propagación del tifus de los espíritus (esto hasta que Juan XXIII decretó que los errores se combatían eficazmente a sí mismos y que la verdad era capaz de triunfar a instancias del teológico laissez faire), cada proposición va tachada con la calificación de haeretica, sacrae Scripturae contraria, de erronea in fide y aun de scandalosa, prava, perversa, impia, blasphema. El texto completo, en inglés, puede leerse aquí. La carta que lo acompaña, dirigida al cardenal Sodano con las 45 firmas al pie, consta aquí.

Es de esperar -como así han de saberlo los firmantes de la apelación- que una gran parte del Colegio Cardenalicio guarde un silencio granítico sobre la urticante cuestión. Pero también creemos que puede urgir a pronunciarse al menos a esos pocos purpurados que, puestos en la encrucijada, no admitan seguir evadiendo su responsabilidad cuando quienes les cascotean el rancho (varios de los cuales son orbitalmente reconocidos en el mundo intelectual católico) exponen su nombre y apellido, con el consabido riesgo de sufrir represalias a instancias de un pontífice -o de cualquiera de sus satélites- que ha demostrado el recelo y la propensión a la venganza propios de un Calígula.

Lo dice uno de los audaces remitentes de la súplica: luego de haber agotado todas las instancias posibles en esto de denunciar los desvíos y de requerir la necesaria rectificación (recibiendo de Bergoglio apenas el desdén, la befa más o menos elíptica o el más insultante de los silencios), será hora de «empezar a estudiar la  solución representada por la salida del obstinado Bergoglio del Sacro Solio, por deposición o mejor aún por abdicación, revisando la cuestión del así llamado "semi-conciliarismo" (es decir, de cómo la pars sanior del Sacro Colegio pueda quitarle la confianza al Papa sin deponerlo formalmente, sancionándolo con una censura de tipo ético). Esta última hipótesis representaría la "solución más radical", impuesta por el estado de necesidad gravísimo en el que se debate la Iglesia».



jueves, 28 de julio de 2016

NADAR ENTRE LAS HECES

«Los atletas nadarán literalmente en mierda humana», asevera sin medias tintas el New York Times a propósito de los venideros Juegos Olímpicos a celebrarse en Río de Janeiro, en cuya bahía las aguas residuales vierten sin la suficiente depuración, para grave riesgo de la salud de los participantes en las disciplinas acuáticas. Es una postal altamente simbólica de los tiempos que corren, en que la avidez de lucro y de diversiones no admite rémoras, aunque éstas versen sobre las garantías necesarias para que un beneficio sea gozado en toda regla. Es que, como lo supo el Aquinate, «la concupiscencia del fin siempre es infinita», lo que, aplicado a la apostasía de las naciones, nos ilustra cuánto la sustitución del fin último sobrenatural por un fin inmanente de bajo calibre puede enloquecer el ánimo de los hombres en su consecución, consintiéndoles atropellos y torpezas de otro modo inexplicables, que acaban conspirando contra el mismo fin que se persigue.

El caso recuerda aquel breve fragmento que Dante dedica a los lisonjeros (Inf. XVIII, 100 ss.), que asoman a duras penas sus jadeantes hocicos entre un mar de estiércol:
vidi gente attuffata in uno sterco
que dalli uman privadi parea mosso
con un viejo conocido del poeta que erguía la calva tan nimbada de mierda que no se sabía si no se trataba de un tonsurado.

Admitamos pues, a instancias del numen dantesco, un simbolismo más profundo para el fétido escenario olímpico de Río, recordando para ello que -al menos desde Aristófanes y Tucídides- democracia significa «lisonja», esto es, condescendencia interesada para con las masas que aportan el sufragio y, por lo mismo, mentira y cálculo en la cosa pública. Pues nadie negará que la democracia, blasonada a diestra y siniestra, invocada de consuno por el capitalismo y el marxismo, constituye algo así como la palabra clave en la cosmovisión política del último siglo, aquel ídolo destinado en los discursos oficiosos a ser "consolidado", "fortalecido", o bien "instaurado" cuando no estuviera en vigencia. Ni hay flechas que la atraviesen -intocable por decreto- más que su propio elocuente fracaso, que junto con el dialecticismo más inane y la retórica de enanos le son tan estrechamente familiares.

Esta lisonja programática, este culto sacrílego del hombre condensado en el demencial dogma de la soberanía popular, no ha servido al cabo sino para abrir las compuertas de todas las letrinas, arrollando la vida moral de individuos y comunidades con todos los detritus que la humana estirpe podía ser capaz de producir y poner a fermentar. No es menester abundar en ejemplos, que a ojos vista se nos imponen. Tal la caída en picada de la dignidad humana, y a despecho de la temática elegida -que puede ser de lo más variopinta-, no hay casi palabra impresa que no se adscriba en espíritu a la escatografía ni discurso político o episcopal que no ronde la coprolalia según su valor intrínseco, según su flaco mérito. Ni era dable esperar que la degradación consentida condujera a las naciones más alto que esto, que es lo más bajo que pueda concebirse en este mundo -a excepción de los ínferos, ultraterrenos por definición.

La lengua griega supo distinguir sin dificultad el skatós de lo ésjaton como términos pertenecientes a campos semánticos muy distintos. Nuestro castellano, a diferencia de otras lenguas modernas, descuidó esta obvia distinción, dotando al término «escatología» de una valencia ambigua. A veces, contemplando y sufriendo el horror de un mundo dejado de la mano de Dios, nos parece providencial esta confusión. Si los cielos y la tierra actuales «están guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los impíos» (II Pe 3, 7: tales, en rigor, sus «ultimidades»), nada obsta para que las «penultimidades» supongan el incontrastable imperio de lo vil y lo abyecto, como se deduce del exasperante magisterio de Francisco y de la deriva ciega de la barca de la Iglesia. Que, a la hora gloriosa de sumar un nuevo mártir en sus filas, como en el caso del sacerdote francés degollado por yihadistas, no se sabe si murió in odium fidei o en simple paga a su confusión ecuménica, viniendo a saberse que en el año 2000 había donado una parcela perteneciente a su parroquia para la construcción de una mezquita.

lunes, 18 de julio de 2016

EL ALZAMIENTO

Los ochenta años del alzamiento del General Franco traen a la memoria aquel que resultó hasta la fecha -circunscrito a una sola nación para ejemplo de muchas- el último gran capítulo del aplazamiento temporal del triunfo del Anticristo. Sin omitir (como cabría decir también de Lepanto) la eficacia del auxilio sobrenatural en una contienda que, nomás al empezar, podía decirse ampliamente favorable al enemigo (que poseía el control casi total de las armas y los recursos materiales), cabe observar una circunstancia que debió hacer terciar entonces la adhesión del común a la causa del Generalísimo, que era la de España: la inhumana implacable crueldad de los marxistas, dispuestos a triturar e incinerar, a masacrar sin remilgos, ciegamente, lo que se les pusiera delante -nota ésta común, desde la francesa de 1789, a la «Revolución» a secas que, ávida de sangre, suele prolongarse en matanzas entre las mismas facciones revolucionarias.

Hoy la Revolución triunfa mucho más incontrastablemente sin carnicerías, atacando con la propaganda más insidiosa los fundamentos del orden civil. Patrimonio y matrimonio, en concreto: el primero, por la cíclica -y a menudo endémica- crisis económica; el segundo, por la introducción de la «guerra de los sexos» y la sugestión del feminismo, cuyas falaces premisas terminaron siendo más o menos acatadas por la totalidad de la población. Porque si bien sabemos que la guerra, consecuencia del pecado, es inextirpable del cuerpo de la historia (y devino en los tiempos modernos "institución permanente de la humanidad", en recordadas palabras del papa Benedicto XV al término de la Granguerra), hoy se ha llegado a cultivarla en laboratorio, como un bacilo, haciéndola incluso un producto de exportación e introduciéndola en lo más menudo y medular de la comunidad humana. Se trata de un descuaje paciente y controlado del amor, de la amistad en cualquiera de sus formas, y del consiguiente emplazamiento del odio, esa pasión que no es menester atizar demasiado para que cunda el caos. «Theofobia» llamó De Maistre al nervio más íntimo de la Revolución, que cuando cunde -como hoy- en su modalidad incruenta, se contenta con atacar a Dios en sus obras, en el ser de las cosas, en el meollo de la sociedad humana.

El que sentenció que «el hombre es lobo del hombre», más que expresar la amarga constatación de las costumbres de época o de la vigencia inalterable del fomes peccati bajo la frecuente especie del egoísmo, entendía ofrecer una definición antropológica, una síntesis condensatoria de ese pesimismo ontológico de cuño protestante que hace radicalmente incapaz de cualquier bien a la naturaleza humana herida por el pecado original. Esta concepción sombría del hombre, que sostiene la corrupción total de la naturaleza, fue la que motivó primero el absolutismo y, andando los siglos, la colmena socialista como salvaguarda -dicen- de la equidad que el hombre no puede sino ofender cuando no se le aten las manos. Lo que nunca aclaró la Revolución es cómo, ateniéndonos a esta premisa, un Estado constituido por hombres podía evadir esta fatalidad de la injusticia -injusticia que la Revolución, de hecho, allí donde triunfó, no hizo sino multiplicar. Porque donde se proclama la primacía insuperable del pecado, donde se le otorga omnipotencia al mal, se sigue ineludiblemente la glorificación de este mismo mal.

Éste es el humo infernal (Ap. 9, 2ss.) que, ascendiendo desde el abismo como de un horno, oscurece el sol y el aire y amenaza opacar las mentes, incluyendo las de los eclesiásticos dados hoy a la tarea de cohonestar las culpas que han ingresado a título de costumbres colectivas en la depravada sociedad occidental. La gran página histórica del 18 de julio de 1936 nos recuerda los derechos del honor contra la villanía desbocada, la impelente reacción de la parte sana de la comunidad contra la gangrena que amenaza extenderse hasta aniquilar toda huella de cultura y tradición, la oposición entre vitalidad y purulencia. En estos tiempos de parlamentarismo inane y de banal apelación a síntesis imposibles haremos bien en recordar la condición dramática de la existencia, que no está en nuestras manos aligerar. Hablamos, al fin de cuentas, de dos estirpes inconciliables, como se desprende del cotejo entre Antonio Rivera Martínez, «el Ángel del Alcázar», que arengaba a los suyos con el célebre «camaradas, tirad, pero tirad sin odio», y el Che Guevara, que propugnaba un demoníaco «odio como factor de lucha, [...] odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar».




lunes, 27 de junio de 2016

BLASFEMOGLIO, MAESTRO DEL ENGAÑO

por Alejandro Sosa Laprida
(leer en PDF aquí)



Breve selección de las falacias e impiedades proferidas recientemente por el falso profeta Jorge Mario Bergoglio, mentiroso consumado, blasfemador empedernido e ilustre discípulo del padre de la mentira…

« Muchas veces me encuentro en crisis de fe y algunas veces también tuve la desvergüenza de reprochar a Jesús: ‘‘¿Por qué lo permites?’’ Y también dudas : ‘‘Pero, ¿esta será la verdad o un sueño?’’ Y esto de joven, de seminarista, de sacerdote, de religioso, como obispo y como Papa. A un cristiano que no haya sentido esto alguna vez, que no haya pasado por una crisis de fe, le falta algo: es un cristiano que se conforma con un poco de mundanidad[2]. »

Bergoglio enseña, con sus palabras y con su ejemplo, que dudar de las verdades de la fe es algo bueno y que quienes no lo hacen son « cristianos mundanos ». Menuda blasfemia. Para ser buen cristiano, según este energúmeno del Averno, habría que poner en tela de juicio, por ejemplo, la divinidad o la resurrección de Jesucristo. La « enseñanza » bergogliana contradice absolutamente la de Nuestro Señor, quien recriminó al apóstol Tomás el no haber creído el testimonio de los demás apóstoles acerca de su resurrección:

« Luego dijo a Tomás: ‘‘Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.’’  Entonces Tomás respondió y le dijo: ‘‘¡Señor mío y Dios mío!’’ Jesús le dijo: ‘‘Porque me has visto, Tomás, has creído; bienaventurados los que sin ver creyeron.’’ » (Jn. 20, 27, 29)

Imaginen a un catequista que dijera a sus alumnos que él se la pasa dudando acerca de lo que les enseña y que eso le parece algo no sólo positivo, sino incluso necesario para llegar a ser un buen cristiano. Pues bien, acá tenemos a un supuesto « Papa », doctor supremo de la fe católica, que nos dice a grandes rasgos lo siguiente : « Queridos hermanos, para ser cristianos auténticos, os invito a que dudéis como yo lo hago, que no he dejado de hacerlo en ninguna de las numerosas etapas de mi vida, y que incluso sigo haciéndolo ahora que soy el Vicario de Cristo. Porque atención, si no lo hiciereis, eso significaría que sois unos cristianos mezquinos y mundanos, incapaces de avanzar hacia las ‘‘periferias’’ y de practicar la ‘‘cultura del encuentro’’. »

Esto es sencillamente inimaginable.  No hay una sola frase en la Sagrada Escritura o en el Magisterio de la Iglesia que pudiese ser interpretada como una « invitación a dudar » de la revelación divina. Jamás se encontrará algo de ese tenor en los escritos de los Santos. Supera el entendimiento que Bergoglio se atreva a decir eso, nada menos que en la mismísima Basílica de San Pedro, y que nadie, absolutamente nadie reaccione, se levante y lo increpe de viva voz, enérgica y valientemente, denunciándolo públicamente como lo que es, un enemigo acérrimo de Dios y de la Iglesia, un corruptor de la fe y un impugnador de la revelación divina.

¿Acaso es necesario tener que recordar que quien desea debilitar nuestra fe es precisamente el demonio, y que toda duda con respecto a ella proviene de él siempre, nunca de Dios? De lo cual puede deducirse con total certeza que las « enseñanzas » de Bergoglio son lisa y llanamente satánicas. No verlo es signo de una profunda debilidad interior, de una fe  pusilánime y vacilante, de una escalofriante ceguera espiritual. Y ni hablar de la insinuación perversísima según la cual la revelación divina podría legítimamente ser considerada como un « sueño » [!!!]. Ni tampoco de los « reproches » que este insensato se atreve a hacerle a nuestro adorable Redentor…

« A mí no me gusta, y quiero decirlo claramente, a mí no me gusta cuando se habla de un genocidio de cristianos, por ejemplo, en el Medio Oriente. Esto es un reduccionismo[3]. »

Saliendo esto de labios de quien es el mayor promotor de la inmigración musulmana en Europa, me parece evidente que no hay de qué extrañarse…[4]

« Muchos piensan que es mejor que se queden en su tierra. Ellos han sufrido tanto. Son nuestros refugiados. Pero muchos se consideran excluídos. Por favor, son nuestros hermanos. El cristiano no excluye a nadie y le ofrece un lugar a cada uno. Deja venir a todos[5]. »

Hay que reconocer que en materia de subversión « Panchito » la tiene muy clara: el buen cristiano es el que duda y el buen europeo, el que permite la islamización de Europa…


« Prefieren convivir. Y esto es un desafío, una tarea. No hay que decirles: ‘‘¿Por qué no se casan por Iglesia? » No. Hay que acompañar, esperar, y después, hacer madurar, hacer madurar la fidelidad[7]. »

Pues claro, si la gente « prefiere convivir », ¿a quién se le podría ocurrir decirles que se casen por Iglesia? Por supuesto que eso no se debe hacer: hay que dejarlos vivir en pecado mortal tranquilamente, sin remordimiento alguno, lo importante es que puedan ser felices viviendo como se les antoje. Pero eso sí, « acompañándolos », para que no se vayan a sentir solos. En efecto la presencia del « cura » junto a los concubinos es indispensable para ayudarlos a « madurar la fidelidad ». Porque no vaya a ser que los amancebados terminen « metiéndose los cuernos », eso sí que sería verdaderamente escandaloso…

« He visto tanta fidelidad en estas convivencias, tanta fidelidad, que yo estoy seguro de que son verdaderos matrimonios, que tienen la gracia propia del matrimonio por la fidelidad que tienen[8]. »

Está clarísimo: ¿para qué diablos casarse si el concubinato vivido « con fidelidad » resulta ser un « verdadero matrimonio » ?

« La gran mayoría de los matrimonios sacramentales son nulos[9]. »

Razón adicional ésta para no « casarse por Iglesia » y optar por « juntarse con fidelidad ». Además, ¿se imaginan el efecto que esta frase del « Papa » puede tener en los matrimonios que intentan perseverar en medio de las dificultades ? ¿Para qué seguir luchando? ¿No es más razonable darse por vencidos, pedir la declaración de « nulidad matrimonial » y luego intentar « rehacer su vida »? En definitiva, a los concubinos Bergoglio les dice que no se casen y a los casados, que sus matrimonios no tienen valor. No, realmente los epítetos se quedan cortos para calificar afirmaciones tan maliciosas: este hombre es un auténtico hijo del demonio…


« Éste es el realismo saludable del catolicismo. No es católico decir “o esto o nada”. Eso no es catolicismo, es herejía. Jesús sabe siempre como acompañarnos, nos da el ideal, nos acompaña hacia el ideal. Nos libera de la rigidez de las cadenas de la ley y nos dice: ‘‘Cumple con eso, pero sólo en la medida que te sea posible.’’ Y nos entiende perfectamente bien. Es Nuestro Señor y eso es lo que nos enseña[11]. »

Ésta es otra sarta de sofismas incalificables. Este hombre miente con una naturalidad pasmosa. La moral evangélica, al igual que la moral natural, impone ciertas obligaciones y prohibiciones que son absolutas (adorar a Dios, no matar, no cometer adulterio, etc.), lo cual supone claramente un « o esto o nada » que no admite términos medios y que de ningún modo constituye un mero « ideal » que Dios nos presenta y al cual debemos tender « sólo en la medida » de nuestras posibilidades. Bergoglio busca destruir la objetividad y la obligatoriedad de la ley moral so pretexto de una falsa « misericordia » y de un « acompañamiento » que no es sino una manera encubierta de complicidad. El objetivo que persigue este hombre impío no es otro, en definitiva, que el de abolir la noción misma de pecado.

« Nosotros, todos nosotros, queremos a la madre Tierra porque es quien nos ha dado la vida y nos protege; diría que es también la hermana Tierra, porque nos acompaña en nuestro camino de la existencia. Pero nuestro deber es cuidarla como se cuida una madre o como se cuida a una hermana con responsabilidad, con ternura y con la paz[12]. »  

El Soberano Blasfemador del Vaticano continúa profesando abierta y desvergonzadamente su ideología new age luciferina, naturalista y panteísta, asegurando sin sonrojarse que es la « Madre Tierra » quien nos « da la vida y nos protege »...  

« ¡Protejamos los océanos, que son bienes comunes globales, esenciales por el agua y la variedad de seres vivientes! [13]»

¡Ay, por favor, que me parto al medio de la risa! La sociedad contemporánea rechaza masivamente a Dios y a la Iglesia, practica toda suerte de aberraciones que claman justicia al Cielo (aborto, pornografía, « matrimonio gay », eutanasia, etc.) y « Panchito »  aboga por la protección de los océanos…

Recordemos que hace pocos meses este engañador sin par invitaba al mundo apóstata y anticristiano a realizar nada menos que una « conversión » … ecológica [!!!] :

« La relación entre la pobreza y la fragilidad del planeta requiere otro modo de ejercer la economía y el progreso, concibiendo un nuevo estilo de vida, porque necesitamos una conversión que nos una a todos, liberarnos de la esclavitud del consumismo. Y este mes hago una petición especial : que cuidemos de la Creación recibida como un don que hay que cultivar y proteger para las generaciones futuras, cuidar la Casa Común[14]. »

Veamos ahora a « Papa Francisco » en el papel del militante « abolicionista » de la pena de muerte:
« El mandamiento ‘‘no matarás’’ tiene valor absoluto y abarca tanto a los inocentes como a los culpables. […] No hay que olvidar que el derecho inviolable a la vida, don de Dios, pertenece también al criminal[15]. »

De aquí se deduce con meridiana claridad que tanto Dios en el Antiguo Testamento como posteriormente la Iglesia no respetaron el « derecho inviolable a la vida » de los criminales. Pero es importante no perder de vista que lo único que este hombre busca es engañar. En efecto: Bergoglio miente sin cesar y sin ruborizarse jamás. Esa supuesta inviolabilidad corresponde solamente a los inocentes. Por ejemplo, a los niños masacrados en el vientre materno por el aborto, ese crímen abominable contra el que « Papa Francisco » no mueve nunca un dedo ni dijo una palabra al respecto en sus discursos ante los parlamentos europeo y estadounidense.

Una simple estadística esclarecedora. Número de penas capitales en USA el año pasado: 28. Número de abortos: 1.200.000. Unión Europea: 910.000 abortos, ninguna pena capital. Pero la « prioridad » para Bergoglio es defender a los asesinos y a los violadores, visiblemente la vida de los niños inocentes lo tiene sin cuidado…

Por otro lado, siempre se ha interpretado el quinto mandamiento como la prohibición del asesinato, es decir, « no matarás » al inocente. Nadie considera inmoral, por ejemplo, matar en defensa propia, que un soldado lo haga en el transcurso de una batalla o un policía en un enfrentamiento con maleantes. Lo cual prueba fehacientemente que el pretendido « derecho inviolable a la vida » es perfectamente infundado. Por otra parte, leemos en la Biblia que Dios instituyó explicitamente la pena capital para castigar el homicidio cuando dijo a Noé:

« El que derrame sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada » (Gn. 9, 6).

Pero no solamente ordenó Dios que la pena de muerte fuese aplicada por los hombres, sino que El mismo la ejecutó interviniendo directamente en varias ocasiones contra poblaciones corrompidas, los ejemplos de Sodoma y Gomorra, universalmente conocidos, bastan para probarlo. Sin mencionar el diluvio universal, por el cual Dios decidió exterminar a toda la humanidad deparavada, con la única excepción de Noé y su familia, a quien se lo comunicó en estos términos:

« He decidido acabar con todos los mortales, porque la tierra se ha llenado de violencia a causa de ellos. Por eso los voy a destruir junto con la tierra. » (Gn. 6, 13).

En la legislación mosaica varios crímenes eran pasibles de condena a muerte (adulterio, incesto, idolatría etc.). En el Nuevo Testamento San Pablo confirma la legitimidad de la pena capital, al igual que su orígen divino, al referirse al pecado de sodomía :

« Igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío. Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, entrególos Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene: […]  los cuales, aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen.» (Rom. 1, 27-28/32)

Salta a la vista que con su condena de la pena de muerte Bergoglio contradice formalmente la revelación divina, lo cual no es por cierto ninguna novedad. No obstante, en este caso preciso su herejía se ve notoriamente agravada por la blasfemia implícita que contiene, ya que si el derecho a la vida fuese « inviolable », Dios sería, siguiendo la falaz lógica bergogliana, un monstruoso asesino. Y la Iglesia igualmente, ya que ella promovió las Cruzadas e instituyó el Tribunal de la Inquisición. De hecho, si sacamos las consecuencias objetivas de sus palabras, Bergoglio está dando a entender que el Dios bíblico, tanto el del Antiguo como el del Nuevo Testamento, es un ser cruel y malvado. Esto es, en definitiva, lo que enseña subrepticiamente « Papa Francisco », el supuesto « Vicario de Jesucristo » en la tierra. El sienta las premisas, otros se ocuparán luego de sacar las correspondientes conclusiones, las cuales caen de su peso.

Esto es algo sencillamente diabólico. Y es humanamente desesperante que tras haber pasado más de tres años sembrando el mal y la confusión de manera sistemática la inmensa mayoría de los católicos siga llamando a este auténtico agente del infierno « Su Santidad », « Santo Padre » o « Papa Francisco », títulos que su sacrílego e impío modus operandi desmiente categóricamente día a día, dignidad eclesiástica espuria en la cual estriba precisamente su inmenso poder de destrucción…

                                                                                                                                               
Para mayor información acerca de Jorge Mario Bergoglio, alias « Papa Francisco » :

Datos sobre los lugares de venta en Argentina de 
«Tres años con Francisco. La impostura bergogliana», 
accesibles en este enlace.




[8] Discorso all'apertura del convegno ecclesiale della diocesi di Roma: https://www.youtube.com/watch?v=jQ5h2efV0a4 (01:20:27 a 01:20:42)